Murió Alex Steinweiss, el inventor de la carátula

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(Artículo escrito para Super45)

“Parecen lápidas”, fue la respuesta que Alex Steinweiss le dio a los ejecutivos de Columbia Records cuando, en 1939 y recién contratado como director de arte de la compañía, le preguntaron su opinión respecto de la forma tradicional en que los discos de setenta y ocho revoluciones se distribuían en el mercado. Para un diseñador con experiencia en la confección de afiches, el pesado sobre de papel kraft que terminaba estropeando el vinilo no solo era un problema técnico, era una oportunidad estilística.

El disco que contenía los ‘Smash Song Hits’, de Richard Rodgers y Lorenz Hart (posteriormente conocidos por canciones como Spring is Here) fue el puntapié inicial del novedoso invento de Steinweiss, mezcla de innovación en la técnica y creatividad en lo estilístico. En lugar de seguir distribuyendo los delicados discos polivinílicos en sobres de papel, Steinweiss ideó un envoltorio exterior donde desarrollar un concepto que posteriormente iría a ser parte consustancial de la manera en la que entendimos la música hasta la emergencia de la era del MP3.  Desde el punto de vista gráfico, la primera portada o carátula de disco nos entrega pistas de buena parte del aporte estético que legaría Steinweiss para el desarrollo de la industria musical, basado fundamentalmente en la estética de moda en europa vinculada a CassandreJean Carlu. La fotografía en primer plano del tablón de anunciones del Teatro Imperial de Manhattan sobresalía, gracias a un primitivo collage, por sobre un listón de círculos concéntricos anaranjados, construyendo un enlace sutil entre la experiencia musical de la Orquesta Imperial de Rick Rogers y el vinilo interior.

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No deja de ser interesante pensar en la reinterpretación de la estética del póster europeo hecho por Steinweiss que no sólo significó un cambio radical en las formas tradicionales de distribución de los discos sino que además, utilizando técnicas variadas, que van desde collages, relezclas y guiños con referentes culturales de su época, sentó las bases de una concepción audiovisual de la industria de la música de la que somos partes hasta hoy.

Si bien el reinado del formato digital marca un hito en esta vinculación y en la relevancia del cover art como un referente cultural, dista de estar listo para el olvido. Si lo miramos con prespectiva, quizás buena parte de la importancia de la dimensión estética en la música moderna (para no hablar solamente del rock) ha pasado en cierta forma por el coladero de la innovación de Steinweiss. Desde las primeras carátulas hasta la generación, desarrollo y muerte de la generación MTV y Youtube tiene algo que ver con la manera en la que Steinweiss se imaginó el cambio en los modestos empaquetados de los discos del pasado. Sin ir más lejos, y si miramos con atención incluso movimientos comerciales de Apple, probablemente convengamos que los aportes de Steinweiss siguen aquí con nosotros.

Ayer, a los 94 años de edad, se confirmó la muerte de Steinwess.

Más enlaces sobre el arte de Alex Steinweiss: Birkjazz, Brain Pickings.

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El suicida del copyright

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(Fotografía Justin Davis, CC:BY-SA)

Hace algunos días Jammie Thomas-Rasse fue condenada a pagar más de un millón y medio de dólares a la industria discográfica norteamericana por la descarga de 24 canciones desde su hogar. La misma industria que no tiene escrúpulos en inventar productos que insiste en denominar artistas y la misma que se esmera en entregar pretenciosos premios con nombres de piedras preciosas a cantantes que aun no venden ni una sola copia en las disquerías.

Esta semana recién pasada Gregg Gillis ha publicado su quinto disco. La totalidad de sus canciones son tan originales como ilegales. Según Wikipedia, en nota editada solo horas después de la publicación online, Gillis -también conocido como Girl Talk- se sirvió de 372 piezas de canciones para construir All Day, sin contar con la autorización de sus titulares de derechos de autor. Sin ir más lejos, el sello que lo publica se llama, casi como si fuera un arriesgado guiño a una industria que ha hecho de los tribunales de justicia la mesa a patear, Illegal Art. Todo comienza con uno de los riffs más famosos de la historia del rock y la quebradiza voz de Ozzy Osburne en War Pigs repentinamente comparte pista con las rimas de 2Pac y Jay-Z. Siguiendo el cálculo de los abogados de la industria discográfica -según algunos los únicos que se benefician en esta guerra del copyright- Gregg Gillis debería haber depositado en las cuentas de la industria musical más de 23 millones de dólares para hacer un disco que respetara los dictámenes de la regulación del derecho de autor. De ese derecho que al parecer tiene poco de protección a autores y mucho de defensa de la industria y sus abogados.

Varios se han preguntado por qué Gillis no ha sido llevado a alguna corte norteamericana a confesar sus delitos flagrantes. Una de las explicaciones es que Girl Talk hace rato que dejó de ser un artista inofensivo y under. Ha tenido aparición estelar en varias películas que se refieren a la reflexión crítica sobre el derecho de autor, profesores universitarios y legisladores hablan de él y en definitiva se ha convertido sin quererlo en un caso ejemplar de esta cultura del remix y el mashup. Demandarlo, sostienen algunos, implicaría encender las sirenas para grupos de defensores del fair use sirviendo como un ejemplo paradigmático de por qué tenemos que cambiar la ley. No sólo probablemente sería defendido por los abogados más prestigiosos de Estados Unidos (fundamentalmente EFF y el Berkman Center de Harvard), sino que de pasada sería un cuestionamiento radical a las prácticas de la industria. En Chile, la SCD debe estar tranquila porque, cosa curiosa, el artículo 71B de la ley de propiedad intelectual podría autorizar al uso que hace Girl Talk sin necesidad de pago alguno.

Los gurús 2.0 -casi siempre más preocupados de inventar conceptos que parezcan nuevos que del rigor- dicen que estamos en una etapa extraña en la historia, superando el llamado paréntesis de Gutenberg. La idea, en resumen, sostiene que la masificación de la tecnología implica una vuelta al principio, un rompimiento con las lógicas de la era moderna en lo que se refiere a la producción cultural. Estaríamos ante una vuelta de la producción propia, de lo artesanal, la fragmentariedad y, sorpresa, el remix. En esta vuelta a las raíces, Girl Talk viene a ser el perfecto negativo, el doppelgänger, del artista del renacimiento europeo. El creador renacentista, ese ermitaño malgenio y vividor que soñaba con la aparición del ‘genio’ que le ilustrara el camino de la creatividad, es hoy un ingeniero químico que debe plastificar su computador para evitar algún percance derivado del sudor o de la cerveza desperdiciada por los aires al calor de su energético show en vivo.

Pero tratamos con las leyes que querían proteger al idealizado artista clásico al artista del futuro que hace de la mezcla insolente una construcción cultural valiosa, creativa y, paradójicamente, original. Desde la óptica del derecho de autor tradicional, Girl Talk está más cerca de ser un suicida que el cada día menos rockero -y más delirante y menos creativo- Claudio Narea, agresivo paladín de los intérpretes criollos. Girl Talk no sólo hace un ejercicio obsceno y provocador de rescate y remezcla cultural sino también pone en jaque las concepciones clásicas de autoría y obra original. Sin querer queriendo, y con cinco discos que parecen una extraña pero valiente inmolación, también nos muestra las fronteras del derecho de autor del futuro.

(artículo publicado en Super45.net)

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Anvil! The Story of Anvil

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El fin de año -bueno, en realidad todo el año, pero esa es otra historia- es especialmente duro desde el punto de vista laboral. Eso, junto con el calor, explica muchas cosas, como la falta de actualización de un montón de blogs, donde este no es la excepción.

En este contexto de calor y saturación -a lo que se suman desgracias electorales múltiples- los amigos de Super45 me encargaron hacer una serie de reportes del Festival INEDIT, Festival Internacional de Cine y Documental Musical que se desarrolla en estos días en Santiago de Chile. Voy a ir publicándolas también acá. Parto con Anvil, una joya que repiten el próximo sábado 19 de diciembre a las 19:30 horas en el Teatro Nescafé. Si tiene tiempo, vaya.

En 1982, un adolescente Sasha Gervasi decidió dejar Londres y viajar a Canadá como roadie de Anvil, su banda favorita. Si bien nunca fue considerada parte de los Big Four fundacionales del metal (Metallica, Megadeth, Anthrax y Slayer), la banda canadiense tuvo su momento de gloria a mediados de los’80, logrando meter un single dentro del top 200 del Billboard y compartiendo escenario con Bon Jovi, Whitesnake y Scorpions en el legendario Super Rock Festival de Tokio (1984). Veinticinco años después, para el público general Gervasi es un importante guionista de películas de Hollywood y Anvil sólo el remoto recuerdo de una banda que estuvo en la cornisa del éxito.

Cuando Gervasi supo que después de todos estos años Anvil seguía existiendo como banda, supo también que ésta era una historia digna de contar. Volvió a contactarse con el vocalista Steve Kudrow (“Lips”) y el baterista Robb Reiner (el alcance de nombre con el director del falso documental This is Spinal Tap es ciertamente inquietante) para registrar, entre otras cosas, su -tan delirante como fallida-, gira a Europa del Este.

El resultado es la historia de una amistad, que comienza cuando a los catorce años Lips invita a Robb a ser parte de una banda que tendría sus quince minutos de fama. Hoy, lejos del glamour y la fama, ensayan en sus tiempos libres mientras Robb se gana la vida en una empresa de demoliciones y Kudrow como repartidor de una empresa de catering en la perdida Scarborough, Ontario. Más allá de las risas, provocadas por ciertos momentos hilarantes retratados por la película, son tal vez los momentos fallidos los más interesantes y que constituyen la médula dorsal del film.

Ejemplo de lo anterior es cómo se concreta el “tour” europeo, promovido por una entusiasta e inexperimentada admiradora de nombre Tiziana Arrigoni. Un tour en el que pierden trenes, sus buses se extravían en las ciudades y se presentan en shows con precaria promoción y escasa audiencia. Tiziana pasa de admiradora a manager con bastante menos éxito que en su aventura amorosa con Ivan Hurd, guitarrista de la banda, la que se corona con un matrimonio que cuenta con la presentación en vivo de Anvil, ante la incredulidad y sorpresa de los invitados, logrando tal vez el momento más gracioso de los noventa minutos de película.

En el fondo, la historia de Anvil es la historia de un éxito abortado, donde las ganas y el talento no siempre terminan siendo bien recompensados. Un poco como el sótano del sueño americano, aquel que guarda los cadáveres de todos aquellos que, a pesar de hacerlo todo por llegar a la cima, lo único que logran es el olvido o, en el mejor de los casos, un recuerdo cercano a la sorna. De alguna manera, la historia de Anvil muestra que el éxito de una banda tiene más que ver con la suerte que con el trabajo, más con las circunstancias que con esfuerzo.

Con el emotivo cierre de The Story of Anvil, Gervasi sugiere una mirada que, si bien está siempre entre el cariño y el sarcasmo, rescata la perseverancia y los afectos que trascienden a la siempre delirante aventura que supone estar tras una banda de rock. Son los intentos, desgracias y fracasos los que, paradójicamente, hacen de la película un documento brillante.

Publicado originalmente en Super45. Fotografía por Drinksmachine en Flickr CC:BY-NC-SA

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