Piratas y terroristas, Al Queda y el p2p

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Fotografía por Llay-Llay

Mis recuerdos de infancia son siempre en sepia. Como si lo que hubiera pasado antes de cumplir la mayoría de edad, el mundo hubiera estado coloreado entre beige y paletas de grises. Ahora que lo pienso bien, para todos quienes crecimos durante los ochenta en Chile, estos recuerdos no deben haber estado muy lejos de la realidad militar y las lacas de las conductoras de noticias de televisión que teníamos que sufrir.

Uno de los recuerdos más claros que tengo fueron mis primeras aproximaciones a la música. De chico -como muchos de ustedes, podría apostar-, gracias a mis padres y a los cassettes TDK fui parte de esa gran masa de niños que crecieron con Victor Jara y Violeta Parra a la par con el diario de Cooperativa y los éxitos de José Luis Perales y Nicola di Bari. Sin siquiera sospechar que constituiría la hebra de una gran madeja profesional, mis primeras escaramuzas para descubrir cual era la música que realmente me gustaba fue dada por los cassettes pirateados y por mi afición a los recitales en vivo de mis grupos favoritos.

Así, como si fuera parte de la aventura de educarme en colegio de hombres, surfié entre fanáticos irremediables de Poison -como mi cercano amigo Toradji que intentaba sin mayor éxito unirme a sus hordas-, pequeños punketas que, según ellos, frecuentaban la Picá de don Chito y las grandes masas de amantes del rock pesado y gutural, desde Anthrax a Carcass, por decir algo. Por el contrario, mis gustos en esa época eran bastante más eclécticos, pero si había algo que me interesaba era sin lugar a dudas cuando estos grupos mostraban sus armas en aquel ring invisible que era el recital y la amplificación, que llegaba a mis oídos ochenteros a través de aquellas febles grabaciones en cassette.

Y así alguna vez llegué al paseo Las Palmas, y principalmente al Eurocentro, atraído por aquellas poleras, pins y afiches que por supuesto no podía comprar. Tropezando, llegué casi por casualidad, a una disquería que se especializaba en importar alguno de los discos que tenían catalogados en grandes archivadores con páginas plastificadas. Así adquirí mis primeros cassettes en vivo de Nine Inch Nails (que escuchaba imaginando a Trent Reznor sólo mostrando su sombra, como indicaba la leyenda) y de Rollins Band. Y me acuerdo que en aquella época, -donde la forma más sofisticada de ‘piratear’ era a través de un destartalado grabador de doble cassetera que había que ocupar mientras no estuviera en uso el secador de pelo- ya se hablaba que estos discos enteramente ‘piratas’ -que luego denominaría bootlegs- que compraba para mi solaz, ayudaban a financiar a lejanos terroristas irlandeses. De más está decir que fue infructuosa mi búsqueda de referencias al IRA en esas carátulas hechizas de una sola plana, en las letras o en mensajes subliminales.

Hasta que leí ayer la noticia en EMOL y aquellos recuerdos en sepia volvieron de nuevo. Es que parece que MIA y Diplo tenían razón, que la piratería financia el terrorismo, que cada vez que compras discos en la cuneta parte de ese dinero va a los bolsillos de guerreros afganos y no a financiar la cerveza aguada y el cigarro del ambulante.

Porque pareciera ser que la repetida noticia sobre los famosos perros antipiratería (ver la misma noticia en Mayo de 2006, en Septiembre de 2006, en Enero del 2008 y en Marzo del 2008) es un signo de los tiempos. Si demandar a menores de edad no sirve para convencer a la gente de lo incorrecto que es descargar de internet, si no sirve repetir noticias sobre pelos con olfato privilegiado, pues entonces resulta más fácil imaginarse a Bin Laden disparando morteros con audífonos y Anthrax de fondo.

Nueva ley mutila la libertad de expresión artística


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Ley 20.243 de 5 de Febrero de 2008:

Art. 2: (…) El artista, intérprete y ejecutante gozará, de por vida, del derecho a (…) oponerse a toda deformación, mutilación u otro atentado sobre su actuación o interpretación, que lesione o perjudique su prestigio o reputación.

Sí, leyó bien. Miriam Hernández, Luchito Jara, Juan Gabriel y Alberto Plaza hoy ya tienen herramienta legal para oponerse ante cualquier “atentado” contra sus interpretaciones si lesionan su “prestigio o reputación”.

Artistas: avanzar sin transar, que la libertad de expresión y la parodia no son tan importantes como proteger el prestigio del artista.

Señores, así se legisla en Chile.

Los billetes del Banco Central y la falacia del registro

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Esta semana fue el show del Banco Central. No contentos con los problemas de inflación que debe atacar, al parecer hay un grupo de funcionarios con tiempo y ganas de entretenerse a costa de otra institución pública, y lo que es peor, a costa de nuestros bolsillos.

Si usted es extranjero, chileno con vida propia, o chileno pero no tiene televisión, le cuento de qué se trata.

BancoEstado (ex Banco del Estado) lanzó hace algunas semanas una serie de spots televisivos donde un pato, símbolo de la institución bancaria, dialoga con una serie de personajes de la historia de Chile, Arturo Prat, Ignacio Carrera Pinto, Gabriela Mistral, Andrés Bello y Bernardo O’Higgins, cuyas imágenes además aparecen en los billetes y monedas de circulación nacional. Además de dialogar, aparecen imágenes de representaciones de dichos billetes. Aprete play en el botón del video de acá abajo y verá el spot.

¿El problema?
Algún creativo funcionario del Banco Central de Chile, órgano que entre otras funciones tiene la potestad exclusiva de emitir billetes y acuñar monedas, vio en este divertido spot la posibilidad de ponerle cortapisas al antiguo Banco del Estado y echar abajo los anuncios. Seguramente comenzó a buscar argumentos legales que apoyaran esa iniciativa. Y la encontró.

En un comunicado de prensa hecho circular el 3 de Septiembre, el Banco sostiene que representó a BancoEstado:

el uso indebido de reproducciones de parte de las imágenes insertas en billetes de curso legal con fines de propaganda, atendido su carácter de propietario exclusivo de los derechos de autor correspondientes a los diseños de las monedas y billetes de curso legal, según consta de la inscripción en el Departamento de Propiedad Intelectual, otorgada conforme a la Ley sobre Propiedad Intelectual.

Al parecer, esto ha provocado que los famosos spots ya no sigan emitiéndose en la televisión Chilena.

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La falacia

Como el atento lector de QLN ya sabe, el sistema de derecho de autor otorga protección a las creaciones intelectuales una vez que estas son fijadas, sin requerir registro previo alguno. Este es el denominado principio de protección automática del derecho de autor.

Pues bien, esto no obsta a que en los países existan oficinas públicas relativas a propiedad intelectual, y más aún, existan Registros de Propiedad Intelectual. En el caso de Chile, éste depende de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos y está ubicado en el centro de Santiago. ¿Para qué queremos registros si tenemos protección automática?

Para dos fines:
1) para fines de transferencia de derechos
2) con objetivos probatorios

Claro, si usted es creador de una canción y va al Conservador, realiza el depósito y paga los tres mil pesos, la ley le entrega una presunción de autoría. Esto es, por ese sólo hecho la ley va a presumir que usted es el autor y no otro. Como comprenderá, es una presunción meramente legal, es decir, puede ser derrotada por alguna otra prueba en contrario. Siendo yo un bandolero del derecho de autor, podría haberle robado una copia del disco y haber ido corriendo al registro. El Conservador, dado que no pregunta nada, me va a conceder el registro, pero eso no quiere decir que me transforme en autor por el sólo ministerio de la ley. Quiere decir que la ley supone que el que registra, es autor, pero es una presunción que puede caerse fácilmente.

Por eso llama la atención el argumento legal usado por el Banco Central, pues da la señal errónea que por el sólo hecho de haberlo registrado se ha transformado en titular de derechos de autor, lo que en estricto rigor no es correcto. Más aún, en sus Preguntas Frecuentes, el Banco Central sostiene que es titular sobre los diseños de billetes y monedas, lo que consta en la inscripción N° 115.594 del Departamento de la Propiedad Intelectual. Sin entrar en el fondo, resulta sorprendente que según esta interpretación, no podamos reproducir, adaptar, fotografiar ni romper billetes ni monedas, ya no porque sean moneda de curso legal, sino que por razones de propiedad intelectual. ¿Tendrá derechos morales?

Para terminar, apuntar el hecho que son dos instituciones públicas las que están metidas en esta suerte de cat fight administrativo (?). Claro, porque cuando se trata de obligar a otra empresa pública a guardar una publicidad que le debe haber costado varios miles de pesos, los costos de no ocupar algo en lo que se invirtió fondos públicos y más todavía, tener que grabar un nuevo spot para evitar compromisos legales, los que pierden no es ni BancoEstado ni el Banco Central. Adivine, atento lector, una vez más quien es el perjudicado.

A estas alturas ya no es mero descriterio de algunos abogados. Es una demostración adicional de los absurdos de tener un derecho de autor que con el pretexto de proteger a los artistas ha terminado en esto: en un sistema legal que le entrega restricciones a los mismos creadores.