Copiar es natural

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Giacomo Rizzolatti es uno de los neurobiólogos más importantes del mundo. Entre otras cosas, descubrió las denominadas “neuronas espejo“, neuronas que se activan cuando un animal o persona desarrolla la misma actividad que está observando ejecutar por otro individuo. Según expertos “El descubrimiento de las neuronas espejo hará por la psicología lo que el ADN por la biología”. En entrevista recién publicada en España, Rizzolatti se refirió a las formas de creatividad, la copia y la cultura

¿Y la creatividad? ¿La historia se reduce a la mera imitación?

Copiar es la base de nuestro aprendizaje, gracias al sistema espejo. Sin imitación no habría cultura. Es más, somos grandes imitadores, no como los monos. Hacemos como los viejos pintores: iban al taller, la bottega del artista, aprendían y luego desarrollaban su estilo. ¡Veamos los primeros cuadros de Picasso! Una vez interiorizado, mejoramos, inventamos. Ahí llega la originalidad.

Ups, parece que la creatividad no aparece por generación espontánea. Si los desarrollos científicos se basan en descubrimientos anteriores, ¿Alguien podría sostener seriamente que los nuevos científicos debiesen pagar un royalty a quienes hicieron descubrimientos con anterioridad? ¿Los científicos al matrimonio Curie o a Fleming? ¿Los astrónomos a Copérnico y Newton? ¿Jorge González a The Clash? ¿Huasonic a Leo Prieto? :P

Los artistas del mañana y el derecho de autor del futuro

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Hace un par de semanas, la sociedad de gestión de derechos colectivos española (SGAE) anunció la creación de la Coalición de Creadores e Industrias de Contenidos, la cual pretende representar dos intereses, en principio disímiles, en pos de lograr una adecuada protección de los derechos de los autores frente al florecimiento de la piratería favorecida por la masificación tecnológica. La creación de este tipo de organizaciones, bajo el alero de las sociedades de gestión no es un caso aislado, y se han creado grupos similares en otros países, como Chile, sin ir más lejos.

Lo anterior da muestra de una extraña relación entre dos de los grupos de interés involucrados en la regulación de los derechos de autor. Pareciera ser que, al contrario de lo que uno podría suponer, los intereses de los miles de artistas y creadores se identifican con los intereses de las transnacionales discográficas de la música y del software; que Adobe y Microsoft levantan las mismas banderas que nuestros artistas plásticos y poetas. Pareciera que súbitamente somos testigos de un milagro, de un momento mágico, donde quienes han negociado condiciones nefastas para los artistas durante décadas se transforman en el brazo derecho de la creación de cultura.

La regulación actual de los derechos de autor, a niveles internacional, regional y local, responde a una importante y triste tendencia, que pretende acrecentar progresiva y violentamente unos derechos que fueron pensados para proteger al autor en los tiempos del mundo analógico en detrimento de los derechos de acceso. Es que los derechos de autor no son sino monopolios de explotación exclusiva por un lapso de tiempo. Como sociedad creemos que la creación intelectual es algo importante para nuestra cultura, y por ello inventamos estos derechos, para que nuestros autores puedan explotar comercialmente sus obras intelectuales por un tiempo determinado. Pero esta garantía ha sido entregada a los autores en el entendido que sus obras intelectuales circulen a través del público. Si el autor mantiene sus obras escondidas en un cajón con siete llaves, no tendría sentido alguno que lo beneficiemos con este monopolio de explotación exclusiva.

Lo cierto es que esta tendencia mundial hacia la sobreprotección de los derechos de autor ha llevado a la creación de titulares sui generis de cierto tipo de derechos y a la amputación de las excepciones y limitaciones a los derechos de autor, que pretenden equilibrar el interés de los autores con el interés del público, de todos nosotros. Esto explica que, si analizamos las normativas de la región, veremos un número críticamente insuficiente de excepciones, que supone que muchas de las actividades que diariamente realizamos en Internet se tornan ilegales. Que en ciertos países el acto de transformar las canciones de un disco compacto a un archivo digital o la digitalización de libros con fines de recuperación patrimonial que hacen bibliotecas sean actos de piratería.

Esta regulación la verdad es que dista de proteger a los autores. Una regulación desequilibrada, que no responda a las necesidades de la sociedad de la información, además de perjudicar al público termina perjudicando a nuevas formas de creatividad que se ven facilitadas por la tecnología. Cada día que pasa se avanza en la superación de la denominada brecha digital, que permite además de otorgar acceso a miles de personas que de otra forma no tendrían cómo acceder al contenido que se ofrece en la red, la creación de obras intelectuales a un costo infinitamente menor de lo que sucedía en el mundo analógico; hoy no es necesario tener un piano de cola para poder escribir obras musicales y cada vez es posible acceder a cámaras fotográficas a más bajo precio, las que permiten generar fotografías y por tanto crear obras intelectuales. Pero mientras la tecnología apunta hacia la apertura, esta regulación desequilibrada apunta hacia el control.

Artistas como Warhol o Duchamp, que cambiaron la forma de entender las artes plásticas en el siglo XX lo hicieron lejanos a las rígidas formas que impone la creación cultural de este derecho de autor desequilibrado. Así, hoy artistas que hacen mashups, collages o artes integradas a través de tecnología son denominados también piratas por una regulación que está lejos de querer proteger la creatividad, sino que pretende proteger una determinada industria cultural bajo el nombre de los artistas.

En este contexto, son las entidades de gestión colectiva en conjunto con la industria multinacional de la cultura y el software las que llevan adelante un discurso anticuado y punitivo respecto de cómo debiera ser el derecho de autor del futuro. Mientras el mundo ve oportunidades y acceso, ellos parecen ver piratería, destrucción y ciertamente menos dinero para sus arcas. Probablemente azuzados por los mismos, es común ver connotados creadores rasgar vestiduras por una nueva regulación que -según ellos- destruirá la cultura y a los artistas, exigiendo con histeria más protección de sus derechos, cueste lo que cueste, y abogando por subir al paredón a quienes pretenden un sistema más justo y razonable.

Pero la verdad de las cosas es que la necesidad de tener un derecho de autor equilibrado dista de ser una necesidad sólo del público. Debe ser una necesidad para el público, para los nuevos creadores y para los nuevos emprendimientos. Mientras la tecnología supone grandes oportunidades de desarrollo y avance de las ciencias y de la distribución de las ideas, algunos lo enfrentan poniendo obstáculos en el camino, parecen preferir avanzar con las anteojeras de un caballo de carreras, evitando observar el flujo de información, acceso y oportunidades que presenta la tecnología para el futuro de la innovación y de la creatividad.

Columna escrita originalmente para Terra Magazine.

Bloguer de Temuco acusado de piratear Turistel

Hace más de cuatro años, Juan Pablo publicó un artículo donde contaba la travesía ciclística que hizo al denominado bypass de Temuco, que es una carretera que evita que los automovilistas que vayan camino al sur tengan que ingresar a la ciudad para seguir camino. Para ilustrar en qué consistió el camino recorrido, tomó una pequeña captura de pantalla de 288 por 191 pixeles sacada de Turistel (de propiedad de Turismo y Comunicaciones S.A., Turistel es el nombre que reciben una serie de guías camineras) la que colgó encabezando dicho artículo.

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Cuatro años después de esta flagrante y perniciosa violación a los derechos de propiedad intelectual de Turismo y Comunicaciones S.A., el delincuente Juan Pablo recibe una llamativa carta certificada del estudio de abogados que representa a la empresa, donde lo insta amablemente al retiro de “toda cartografía” que se encuentre alojada en su sitio web a menos que quiera arriesgarse a las penas que establece la ley de propiedad intelectual, las que ascienden hasta 50 UTM además de penas de presidio.

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Juan Pablo no hizo mención alguna a Turistel. Tampoco lucró de manera alguna con el contenido ajeno utilizado. Menos hizo una reproducción que pudiera atentar contra la explotación normal de las guías camineras que se distribuyen por todo el país por parte de Turistel. A pesar de eso, para nuestra ley de propiedad intelectual, Juan Pablo es un delincuente.

Pero hay una buena y dos malas noticias.

La buena, es que efectivamente existe en el Congreso un proyecto de ley que pretende reformar la Ley de Propiedad Intelectual que por primera vez en muchos años pretende establecer un régimen de excepciones al derecho de autor que, entre otras, permita algunos usos con fines de ilustración y enseñanza. Que por primera vez está pensando en equilibrar los intereses comprometidos, para no transformarse en una herramienta que le de la razón a pretensiones absurdas como las de Turismo y Comunicaciones S.A.

La mala, es que dicho proyecto de ley se encuentra en el Congreso. Claro, eso es bueno y malo al mismo tiempo. Es una mala noticia porque a pesar de las buenas intenciones del Ministerio de Cultura y de algunos parlamentarios que entienden los problemas que derivan de un sistema de derecho de autor desequilibrado, quienes de verdad influyen para tener un sistema de derechos de autor nefasto, apolillado y caduco, son los representantes de ciertos titulares de derechos de autor, que gracias a campañas del terror que recuerdan tiempos que queremos olvidar, pretenden mantener un status quo que sólo beneficia a unos pocos y que no responde a los intereses públicos que deben estar comprometidos en toda regulación.

La segunda mala noticia, es que si la empresa quisiera perseguir a Juan Pablo, tendría todas las de ganar desde un punto de vista exclusivamente legal. Porque claro, las leyes de derechos de autor las terminan haciendo los mismos quienes después persiguen criminalmente su infracción.

Es por eso que casos como el de Juan Pablo ayudan a entender los absurdos del derecho de autor, los absurdos de la propiedad intelectual cuando se pretende aplicar al entorno digital. Ayuda a entender además por qué el tema de los derechos de autor ya no es un tema que tengamos que dejar a los expertos discutir, sino que es un asunto que compromete las formas como entendemos internet y la distribución del conocimiento en red. La lucha por un derecho de autor equilibrado es, en definitiva, una pelea difícil y complicada, pero que tenemos que dar todos con dientes y muelas.