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Seminario Derecho de Autor y Acceso a la Cultura

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Parte de lo que me ha tenido alejado del blog (no saben las ganas que tengo de hincarle los colmillos al fallo del Tribunal Constitucional) es que en ONG Derechos Digitales tenemos ya listo el seminario Derechos de autor y Acceso a la Cultura que se realizará a partir de mañana Jueves en el Centro Cultural de España, Avenida Providencia 927.

Los dejo con la primera columna que escribo para la querida revista Mouse, donde me detengo en alguno de los temas que se discutirán durante dos días y donde todos están invitados. Si no estás en Santiago o no puedes asistir, tenemos planificada una cobertura especial en vivo del evento a través de la página web del Seminario y del Twitter. Gracias a los amigos de Podcaster, por otro lado, dejaremos disponibles los audios de todas las mesas redondas en formato podcast.

Durante las últimas décadas hemos sido testigos de cómo la normativa de derecho de autor avanza en sentido contrario a los avances tecnológicos. No es, sino así, como se puede comprender la sobreprotección que asumen los intereses corporativos en esta materia, utilizando a los autores sólo como un argumento retórico más que real.

Esta sobreprotección ha sido normada en detrimento de los intereses públicos que supone la regulación de estos derechos. Hoy por hoy, muchas bibliotecas se encuentran al borde de la legalidad por realizar reproducciones de obras intelectuales con fines de conservación patrimonial.

Muchas instituciones educacionales mantienen archivos históricos, sin poder digitalizarlos ante la negativa o dificultad de conseguir las autorizaciones de herederos de autores de estas obras intelectuales.

Más aún, quizás donde más claro se aprecia este absurdo desequilibrio es, precisamente, en los consumidores finales, quienes por cada uso que realizan de obras intelectuales en internet cometen ilícitos para nuestra legislación, que está pensada en el mundo analógico.

Desde el punto de vista de los autores, también se produce un importante desequilibrio. Mientras el derecho de autor tradicional pretendió entregar muchas prerrogativas a los creadores intelectuales para el fomento de las artes, un derecho de autor desequilibrado hoy no tiene el mismo efecto.

Una legislación absoleta

Los jóvenes creadores que utilizan las nuevas tecnologías para generar obras creativas se ven limitados por una legislación que, en lugar de comprender internet y las nuevas tecnologías como una gran plataforma para el desarrollo y difusión de las artes, lo identifica como un campo minado lleno de potenciales ilícitos.

Es por eso que durante los últimos años ha surgido con fuerza en todo el mundo un movimiento que pretende volver a equilibrar los intereses en juego respecto de los derechos de autor.

Este movimiento, pretende poner el foco de atención en las garantías de acceso antes que en la persecución penal. Internet y la masificación de las nuevas tecnologías ponen en jaque la forma en la que la persecución penal se configura y también las limitaciones históricas de acceso a los bienes culturales.

Es esta dicotomía la que pretende ser discutida en el Seminario Acceso a la Cultura, donde expertos nacionales y extranjeros se darán cita para discutir sobre los necesarios equilibrios normativos que exige el derecho de autor, en virtud de las potencialidades de restricción y acceso.

Es precisamente esta dicotomía -restricción versus acceso- la que permitirá analizar aspectos complejos e interesantes, como son los sistemas de control de contenido digital, las excepciones para fines educacionales, y cómo fortalecer el patrimonio cultural común.

Publicado en Mouse el 22 de Abril de 2008.

Hágase un donante de su Propiedad Intelectual

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Desde hace unos años en Chile, si usted quiere renovar o sacar por primera vez permiso de conducir le hace firmar un papelito donde usted declara si es o no donante de órganos. Suena un poco creepy al principio, pero resulta de suma relevancia para efectos de eventuales transplantes de alguno de los órganos que queden útiles luego de un accidente de tránsito que le cueste la vida.

Así también mi abuela, que es testigo de Jehová, tiene un autoadhesivo bien poco discreto en la parte trasera de su cédula de identidad donde, con grandes letras rojas, expresa su voluntad de no recibir transplante de sangre alguno, sea cual sea el motivo, por razones religiosas.

Usted podría pensar que sólo riñones, hígados o glóbulos rojos/plaquetas pueden ser objeto de un esfuerzo previo del futuro occiso para expresar de manera tangible su decisión respecto del destino de aquellos elementos que le son constitutivos. Pero no, un grupo de creativos activistas (que también han montado un countdown que muestra la cantidad de años que falta para que la obra de Notorious B.I.G. pase al dominio público(?)) ha ideado una forma práctica para hacerse cargo de antemano de toda la propiedad intelectual sobre las valiosas obras que hemos aportado a la humanidad.

Así, puede usted descargar fácilmente un set de pegatinas para pegar en su carné de conducir o en su cédula de identidad expresando su decisión de donar toda su obra intelectual al dominio público. Así, se ahorra abogados, problemas y aprovechadores que quieran ganar su pedazo con la gestión de su obra intelectual. Supongo que a Pablo Neruda no le habría gustado que los dineros recaudados por sus derechos de autor sean hoy administrados por un íntimo de Ricardo Claro, de manera perpetua.

Esta anécdota me trae a colación uno de los más bonitos absurdos de nuestra añeja, vetusta y desequilibrada ley de propiedad intelectual. Resulta que en general usted puede renunciar a los derechos que la ley le entrega, siempre que mire sólo a su interés individual y no esté, obviamente, prohibida su renuncia. Así, usted puede renunciar a la pensión alimenticia que la ley establece a su favor y mandarle la plata de vuelta a su papito corazón, pero no puede renunciar a sus derechos laborales.

Así, suena lógico que usted pueda renunciar a sus derechos patrimoniales de autor. Es decir, al derecho que la ley a usted le entrega de beneficiarse de la explotación comercial de su creación intelectual. Tanto así, que la propia ley sostiene que cuando se perfecciona una renuncia, la obra de aquel autor pasa a lo que se denomina patrimonio cultural común (artículo 11.c.). Entre nosotros, dominio público.

Todo bien hasta que leemos la tramposa norma del artículo 86, escondida en la parte final de la ley que señala:

Son irrenunciables los derechos patrimoniales que esta ley otorga a los titulares de los derechos de autor y conexos, especialmente los porcentajes a que se refiere los artículos 50, 61, 62 y 67.”

Así, mientras el artículo 11 nos dice que si renunciamos a los derechos de autor nuestra obra pasa al dominio público, el artículo 86 nos dice que la renuncia está prohibida (!). No voy a darles la lata explicando detalladamente cómo, en mi modesta opinión, esta flagrante y absurda contradicción debe resolverse, pero desde ya tenemos que asumir que es necesario eliminar derechamente la norma del artículo 86 o bien restringirla a los derechos morales que sí son irrenunciables o bien a los porcentajes a los que hace referencia. Eso sí que es más lógico y razonable. No parece razonable que una ley me prohiba regalarle a alguno de ustedes, por ejemplo, el lindo afiche de Wilco que adorna mi oficina.

Ya a estas alturas lo sabe: Los caminos del Señor y del derecho de autor son muy sinuosos y los gobiernan extraños intereses, todos a nombre de los autores y muchas veces contra los autores.

La discoteca chilena imposible

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Fotografía por Ficken. CC:BY

Este artículo pertenece a la serie de artículos escrita por invitados finamente seleccionados para usted, celebrando los tres años de Quemarlasnaves.net. Este, es un texto escrito por Marisol García, periodista.

Un mercado discográfico pequeño no es sólo el que consigue cifras de venta insatisfactorias para los álbumes prioritarios del año o el que no logra justificarse como plaza de conciertos internacionales. Suficiente se ha escrito ya sobre nuestra marginación geográfica para grandes tours y las exiguas estadísticas de inversión en música de los consumidores locales. En comparación con los países con una industria musical sólida, en Chile somos pocos, pobres y –para peor– teleadictos. Dedicarse a la música, desde la plataforma que sea, aquí exige cierto estoicismo (sí, incluso cuando se hacen baladas).

Pero que los chilenos seamos poco melómanos sostiene, también, otra serie de taras culturales que rara vez se analizan y que internet está obligando a revisar. Mucho más allá de la manida crisis de los sellos, la música popular se defiende aquí de acuerdo a una dinámica de interrupciones, prejuicios y descuido que es mucho más preocupante que el pirateo del último de Chayanne. Un mercado mezquino en la compra de discos es, también, uno que no justifica la existencia de prensa especializada, que desvaloriza a la música popular en comparación con otras manifestaciones creativas, que ubica a los músicos en los márgenes del mercado del entretenimiento (no merecedores, por lo tanto, ni de buenos espacios ni de buenos salarios) y que bloquea el acceso a todo aquel registro que no suponga un lucro inmediato.

Un buen argumento de Lawrence Lessig contra el histerismo en torno a la piratería de discos ha sido demostrar la falacia en la suposición de la industria de que cada disco “bajado” es un disco menos que se vende. Rodrigo Olavarría es un joven santiaguino que desde hace un tiempo mantiene dos blogs ineludibles para cualquier interesado en la música chilena de los años ‘60 (principalmente). En discosvioleta.blogspot.com, Olavarría ha dispuesto en links de descarga gratuita desde Rapidshare la discografía completa de Violeta Parra, junto a otras ediciones (libros, tributos, notas de prensa) vinculadas a su eterno legado. La oferta está más cerca del sentido común que de la provocación legal: de los siete álbumes grabados por Violeta para Odeón, sólo hay uno disponible en CD (Carpa de La Reina, reeditado recién el año pasado), y la edición que circula de Las últimas composiciones, su último y mejor disco, no le ha rendido ni un peso jamás a ella o sus herederos, debido a un turbio apropiamiento maquinado luego del Golpe de Estado por un sujeto cuya historia merecería otro posteo. Ante tan patético panorama –¿no sería inconcebible que no hubiera CDs ni regalías de Atahualpa Yupanqui, Elis Regina o Chabuca Granda, por poner ejemplos cercanos?– no me extraña en lo absoluto que los hijos de Violeta Parra no sólo agradezcan el blog de Olavarría, sino que hasta lo hayan contactado para hacer algo similar con sus propias descontinuadas discografías. El mismo blogger mantiene Dicap y más, el único modo que hoy tenemos los no coleccionistas de conocer el catálogo del mejor sello independiente que ha habido en Chile, y cuyos masters y vinilos fueron pisoteados y quemados al día siguiente del Golpe militar. La red ofrece otros tantos blogs con buen acceso a discos perdidos del “boom pop” de los años ‘80, la primera psicodelia local y las apuestas pioneras en metal y hip-hop chileno.

Para los aficionados a la música, las redes de distribución P2P y los sitios de alojamiento de discos han permitido recuperar un legado discográfico prácticamente perdido del que no se iba a hacer cargo institución alguna (ni privada, ni pública), y cuya reedición probablemente no es lucrativa para quienes están legalmente autorizados de hacer el esfuerzo. Son, como afirma Lessing, discos que se bajan no para ahorrarse la compra, sino para hacer posible el acceso. No puede robarse lo que nadie quiere poner a la venta.

Llegamos a Johnny Cash porque así nos lo dijo Nick Cave, y a éste porque nos lo recomendó Depeche Mode. Nuestra cultura musical se forja en la investigación retroactiva, y esa búsqueda está asegurada en un medio cultural de efectivo resguardo patrimonial. ¿Pero qué hacer en un país que ha asumido como un dogma que la oferta discográfica debe ser un continuo de apuestas nuevas, y en el que una edición de hace cinco años ya es considerada “de colección”? Incluso de Los Jaivas o Los Prisioneros las disquerías de Santiago prefieren tener compilados en vez de los discos originales. ¿Qué le queda, entonces, a Christianes o a Pánico? ¿Cómo aprende un trovador de 22 años los antecedentes locales de su mismo estilo?

Si aceptamos que cada país tiene el mercado discográfico y periodístico que se merece –el capitalismo es hábil para cargarnos sus negligencias–, entonces también sostengo el derecho a subsanar las deudas derivadas de esa limitación con una búsqueda autónoma, creativa y de compromiso sincero a través de los medios técnicos al alcance. Habrá dónde subir las entrevistas a bandas que a “nadie le importan” (según tu editor) y habrá también desde dónde bajar los discos de músicos “que no le han ganado a nadie” (según el A&R de turno). Y en esa combinación de bodegas visibles e invisibles, con la guía de esas notas de tinta o de luz, iremos armando nuestra discoteca ideal.

Este artículo pertenece a la serie de artículos escrita por invitados finamente seleccionados para usted, celebrando los tres años de Quemarlasnaves.net. Este, es un texto escrito por Marisol García, periodista.