Archive for columnas

La discoteca chilena imposible

qln_aniv.jpg
Fotografía por Ficken. CC:BY

Este artículo pertenece a la serie de artículos escrita por invitados finamente seleccionados para usted, celebrando los tres años de Quemarlasnaves.net. Este, es un texto escrito por Marisol García, periodista.

Un mercado discográfico pequeño no es sólo el que consigue cifras de venta insatisfactorias para los álbumes prioritarios del año o el que no logra justificarse como plaza de conciertos internacionales. Suficiente se ha escrito ya sobre nuestra marginación geográfica para grandes tours y las exiguas estadísticas de inversión en música de los consumidores locales. En comparación con los países con una industria musical sólida, en Chile somos pocos, pobres y –para peor– teleadictos. Dedicarse a la música, desde la plataforma que sea, aquí exige cierto estoicismo (sí, incluso cuando se hacen baladas).

Pero que los chilenos seamos poco melómanos sostiene, también, otra serie de taras culturales que rara vez se analizan y que internet está obligando a revisar. Mucho más allá de la manida crisis de los sellos, la música popular se defiende aquí de acuerdo a una dinámica de interrupciones, prejuicios y descuido que es mucho más preocupante que el pirateo del último de Chayanne. Un mercado mezquino en la compra de discos es, también, uno que no justifica la existencia de prensa especializada, que desvaloriza a la música popular en comparación con otras manifestaciones creativas, que ubica a los músicos en los márgenes del mercado del entretenimiento (no merecedores, por lo tanto, ni de buenos espacios ni de buenos salarios) y que bloquea el acceso a todo aquel registro que no suponga un lucro inmediato.

Un buen argumento de Lawrence Lessig contra el histerismo en torno a la piratería de discos ha sido demostrar la falacia en la suposición de la industria de que cada disco “bajado” es un disco menos que se vende. Rodrigo Olavarría es un joven santiaguino que desde hace un tiempo mantiene dos blogs ineludibles para cualquier interesado en la música chilena de los años ‘60 (principalmente). En discosvioleta.blogspot.com, Olavarría ha dispuesto en links de descarga gratuita desde Rapidshare la discografía completa de Violeta Parra, junto a otras ediciones (libros, tributos, notas de prensa) vinculadas a su eterno legado. La oferta está más cerca del sentido común que de la provocación legal: de los siete álbumes grabados por Violeta para Odeón, sólo hay uno disponible en CD (Carpa de La Reina, reeditado recién el año pasado), y la edición que circula de Las últimas composiciones, su último y mejor disco, no le ha rendido ni un peso jamás a ella o sus herederos, debido a un turbio apropiamiento maquinado luego del Golpe de Estado por un sujeto cuya historia merecería otro posteo. Ante tan patético panorama –¿no sería inconcebible que no hubiera CDs ni regalías de Atahualpa Yupanqui, Elis Regina o Chabuca Granda, por poner ejemplos cercanos?– no me extraña en lo absoluto que los hijos de Violeta Parra no sólo agradezcan el blog de Olavarría, sino que hasta lo hayan contactado para hacer algo similar con sus propias descontinuadas discografías. El mismo blogger mantiene Dicap y más, el único modo que hoy tenemos los no coleccionistas de conocer el catálogo del mejor sello independiente que ha habido en Chile, y cuyos masters y vinilos fueron pisoteados y quemados al día siguiente del Golpe militar. La red ofrece otros tantos blogs con buen acceso a discos perdidos del “boom pop” de los años ‘80, la primera psicodelia local y las apuestas pioneras en metal y hip-hop chileno.

Para los aficionados a la música, las redes de distribución P2P y los sitios de alojamiento de discos han permitido recuperar un legado discográfico prácticamente perdido del que no se iba a hacer cargo institución alguna (ni privada, ni pública), y cuya reedición probablemente no es lucrativa para quienes están legalmente autorizados de hacer el esfuerzo. Son, como afirma Lessing, discos que se bajan no para ahorrarse la compra, sino para hacer posible el acceso. No puede robarse lo que nadie quiere poner a la venta.

Llegamos a Johnny Cash porque así nos lo dijo Nick Cave, y a éste porque nos lo recomendó Depeche Mode. Nuestra cultura musical se forja en la investigación retroactiva, y esa búsqueda está asegurada en un medio cultural de efectivo resguardo patrimonial. ¿Pero qué hacer en un país que ha asumido como un dogma que la oferta discográfica debe ser un continuo de apuestas nuevas, y en el que una edición de hace cinco años ya es considerada “de colección”? Incluso de Los Jaivas o Los Prisioneros las disquerías de Santiago prefieren tener compilados en vez de los discos originales. ¿Qué le queda, entonces, a Christianes o a Pánico? ¿Cómo aprende un trovador de 22 años los antecedentes locales de su mismo estilo?

Si aceptamos que cada país tiene el mercado discográfico y periodístico que se merece –el capitalismo es hábil para cargarnos sus negligencias–, entonces también sostengo el derecho a subsanar las deudas derivadas de esa limitación con una búsqueda autónoma, creativa y de compromiso sincero a través de los medios técnicos al alcance. Habrá dónde subir las entrevistas a bandas que a “nadie le importan” (según tu editor) y habrá también desde dónde bajar los discos de músicos “que no le han ganado a nadie” (según el A&R de turno). Y en esa combinación de bodegas visibles e invisibles, con la guía de esas notas de tinta o de luz, iremos armando nuestra discoteca ideal.

Este artículo pertenece a la serie de artículos escrita por invitados finamente seleccionados para usted, celebrando los tres años de Quemarlasnaves.net. Este, es un texto escrito por Marisol García, periodista.

Por qué los fans de Harry Potter tienen razón


Fotografía por Luiza Augusto en Flickr

J. K. Rowling ha sido conocida por su celo a la hora de proteger el futuro de las aventuras del mago Harry Potter en la saga del mismo nombre. Así, por ejemplo, hace algunos meses atrás casi pierde el vuelo que la llevaría de Nueva York a Londres por negarse a enviar el manuscrito con las aventuras del séptimo tomo de Harry Potter junto con el equipaje, contrariando así las estrictas normas de seguridad que a semanas del once de septiembre asolaban los aeropuertos estadounidenses. Había que precaver cualquier filtración sobre el futuro del mago de gafas redondas.

Es que la saga de aventuras creada por J. K. Rowling muestra unas cifras impresionantes. Así, más de 325 millones de ejemplares han sido adquiridos por fans de todo el mundo queriendo seguir la suerte de Potter, incluyendo un récord británico al venderse 2.6 millones de ejemplares en 24 horas: más de 1.800 libros por minuto. Los cálculos sobre el valor de la marca Harry Potter van muchísimo más allá, superando según algunos, los cuatro mil millones de dólares, incluyendo marca de ropa, caramelos, figuras de acción y chocolates. Cifras que por cierto llevan a los titulares a resguardar por todos los medios legales al alcance los eventuales beneficios económicos vinculados a la saga ideada por la escritora británica, incluyendo -por cierto- los derechos de autor.

Pero las cifras anteriores tienen efectos más allá de los que pudiera prever la industria editorial. El éxito de las historias de Potter promovió la aparición de fanáticos que llevan disfraces similares a personajes del libro, llenan las salas de cine en los estrenos de las películas, y realizan actividades entre otros fanáticos para compartir experiencias en torno a la obra de Rowling. Fanáticos un poco más familiarizados con las nuevas tecnologías también han creado sitios webs alusivos a la saga y algunos más ingeniosos aún crearon una gran enciclopedia en línea de Harry Potter, donde hacen sofisticadas caracterizaciones de cada uno de los personajes de la historia, además de vínculos entre episodios y relaciones incluso con otras obras literarias con la fauna creada por la escritora inglesa.

HP Lexicon es uno de los más importantes sitios webs creados en torno a la historia de Harry Potter y lista hasta el más mínimo de los eventos relacionados en torno al mago de gafas. La cantidad de información es tal que hace algunos meses anunciaron la aparición en formato papel de los datos recopilados durante todo este tiempo a través de internet. A J. K. Rownling la noticia no le hizo mucha gracia y un ejército de abogados fue a la caza de la editorial RDR Books para evitar que este libro saliera al mercado. ¿La razón? Cómo no, derechos de autor.


Fotografía por Momof5cuties en Flickr

Como es fácil percatarse, el asunto tiene ribetes que van muchísimo más allá que la mera publicación de una edición literaria, tanto así que el caso ha motivado la participación del Center for Internet and Society de la Universidad de Stanford, sin contar con las columnas en diarios y revistas especializadas de expertos en el tema, como el profesor Tim Wu en Slate.com.

J.K. Rownling tiene derechos sobre la explotación de Harry Potter, derechos que además tienen carácter de exclusivos. Pero los derechos que la ley le entrega están pensados en la posibilidad de fomentar la creación de otras obras intelectuales, no para inhibir creatividad futura. Es por eso que el derecho de autor protege la expresión formal de la idea y no la idea en sí. La idea es un mago adolescente no está protegida por derecho de autor. Así como tampoco la idea de realizar un Léxicon o diccionario de las aventuras de Harry Potter.

Un derecho de autor para el siglo XXI debiera enfrentar las posibilidades que entrega la tecnología como una gran ventaja para el fomento de la creatividad. Estas obras que se crean a partir de obras intelectuales protegibles -antes del Lexicon de Harry Potter existía la LostPedia sobre una serie televisiva de moda, un diccionario sobre las obras de Borges, mañana existirá un compilado de personajes de la obra de García Márquez, etc.- son también obras dignas de protección. Un derecho de autor equilibrado es un derecho que estimula y que no inhibe la creación intelectual de sus ciudadanos. Los rumbos del derecho de autor en el último tiempo han llevado a un derecho de autor desequilibrado que es necesario volver a pensar, para que se transforme en una herramienta para el desarrollo de la creatividad, objetivo que nunca debió olvidar.

Artículo publicado en Terra Magazine, bajo licencia Creative Commons

Chris Anderson y la economía de lo gratuito

Chris Anderson es de aquellos que han acuñado conceptos que han sobrepasado a su autor. En Octubre de 2004, una columna suya en la conocida revista Wired, acuña el concepto de The Long Tail para hacer referencia al nuevo modelo de negocio que explicaba el éxito de compañías como Amazon o NetFlix. El concepto, que se basa en ideas de Clay Shirky, sostiene que el dinamismo de internet aplicado a las empresas supone la existencia de dos mercados claramente diferenciados. El primero, que responde a normas de mercado tradicional, se sostiene a partir de la venta de pocos productos de alto rendimiento, de superventas como best sellers. El segundo, que aparece de la mano con internet, es uno basado en la acumulación de todas las pequeñas ventas de muchos productos, que sorprendetemente puede igualar o superar al primero. Eso es lo que se conoce como la cola larga, o the long tail.

longtail.jpg

Esto es lo que explica el modelo de negocios de Amazon.com está cimentado en más de un 57% de venta de productos que habitualmente se encuentran descatalogados en tiendas tradicionales y que no responden a la lógica de best sellers a los que acostumbrábamos. Es decir, en un porcentaje importante internet ha supuesto el cambio de paradigma de reglas que se consideraban canónicas en el mercado de productos y esto da paso a un mercado de los commons o de bienes gratuitos.

Y es precisamente sobre aquello de lo que habla Anderson en una de sus últimas exposiciones en el Nokia World 2007, en Amsterdam. En una conferencia que tituló "Free: The past and future of a radical price" definió esta economía de lo gratuito en base a una taxonomía de modelos, como bien lo explica Jesús Encinar:

  1. Dar gratis la "máquina" para vender las "cuchillas"
  2. Dar gratis el "contenido" y cobrar a los "anunciantes"
  3. Freemium. Una mezcla de Free y Premium. Los perfumes dan como muestras un 0,1% de su producto para vender el 99,9%. En internet es lo opuesto. Das gratis un 99.9% de tu producto para cobrar como premium el 0,1%
  4. Muestras gratuitas para generar "boca a boca", multiplicado por el poder viral de la web
  5. Gift Economy. La economía de la generosidad. Wikipedia, los blogs, opensource, etc. Pensábamos que había que pagar a la gente por escribir o tirar código y resulta que están dispuestos a hacerlo gratis.

graficos_lt.jpg

La buena noticia es que Anderson además de teorizar sobre esto, libera sus contenidos. Así es posible leer, por ejemplo, su interesante blog The Long Tail el que está licenciado íntegramente con una licencia Creative Commons Atribución. Además es posible acceder a su presentación en PDF en el Nokia World 2007 y hay disponible un video con su intervención en forma íntegra.

Sin lugar a dudas, sharing economy será uno de los temas sobre los que se establecerán nuevos modelos de negocios basados en la explotación de las posibilidades de internet. Y de eso, Anderson tiene mucho que decir.

Artículo preparado para Pymesprácticas, proyecto del Banco Interamericano del Desarrollo.