Las dificultades del despegue del ebook en castellano las crea la industria editorial

Interrumpo mis vacaciones (en realidad mal podría interrumpirlas si escribo con una cerveza en la mano, los pies en la arena y el sonido de las olas de fondo) para compartirles un texto del inversionista Fred Wilson respecto de un tema que está relacionado con mis días de asueto.

Así que de mala gana, hice una búsqueda en torrents. Encontré un montón de torrents del disco y rápidamente tuvo el disco en formato mp3. Me tomó menos de un minuto en comparación con los más de 20 minutos que perdí tratando de comprar el disco de forma legal!

Esto está jodido. Quiero pagar por la música. Valoro el contenido. Pero vender música a algunas personas en algunos países y no venderla a los demás está muy jodido. Y la venta en formato de CD sólo está podrida. Y la publicación de todo el disco en la web para streaming sin que el contenido esté disponible para su compra es ridículo”.

Wilson habla de los discos. Yo quiero compartirles un par de ideas sobre los libros.

Hace unos días Ramón González, editor del sitio de literatura Letras Libres, analizó su experiencia de 40 días con un Kindle. Se dio cuenta que lee más, pero que sólo lee libros en inglés.

En los últimos cuarenta días he leído más libros en formato electrónico que en papel, aunque no por mucha diferencia. La proporción de ambas tecnologías va a depender ahora no solo de mí –que tengo mi decisión tomada– sino de la industria editorial. Por el momento no he comprado un solo libro electrónico en español: Amazon apenas vende libros en esa lengua y ninguna de las librerías españolas vende libros en formato compatible con el Kindle. Si hubiera optado por otro modelo, sin duda podría tenerlo ahora lleno de libros comprados en español, pero es un poco difícil de comprender que la inmensa mayoría de libros electrónicos a la venta en España sean incompatibles con los dos modelos de lector más vendidos, el iPad y el Kindle.

Me vine de vacaciones a un lugar tranquilo, lejano y caluroso. Ni siquiera esperaba tener internet. Para hacer incluso más agradable el asueto, me traje dos libros y un iPad. Uno de los libros -una recopilación en castellano de artículos de Simon Reylonds de la que ya les hablaré- no tiene, ni creo que piense tener- una versión electrónica. El otro, uno de Roth que tengo pendiente hace años, tampoco. Las razones de esta ausencia son varias, pero la más decidora es la increíble y absurda posición de la industria editorial española y de su intento de plataforma centralizada llamada Libranda.

La poderosa industria editorial española se demoró años en tomar una decisión respecto de su ingreso al mercado de los libros electrónicos. El argumento oficial parecía derivar de la añeja idea de esperar que el mercado madure y se estabilice antes de tomar una decisión arriesgada. Cuando se trata de la tecnología el tiempo corre en tu contra y lo más probable es que siempre sea tarde y tu competencia esté ahora en mejor posición que tú.

A contrapelo de la tendencia hacia la convergencia, los editores españoles decidieron tener una alianza con el lector Nook de Barnes and Noble, un competidor menor en la industria de los ebooks. Esto deja a los libros editados por esta mega alianza editorial absolutamente fuera del mercado de Amazon y su Kindle y, de pasada, a todos los aparatos que no lean los formatos llenos de DRM del gigante librero norteamericano.

Además está el tema del precio. En el mercado editorial tradicional, el valor del libro está determinado por el costo de fabricación (papel, tapa, diagramación, diseño, impresión), el pago de derechos de autor (suele ser el 10%), el de distribución y almacenaje y el porcentaje del librero que ronda el 40% del precio de venta al público. Uno de los secretos del éxito de Amazon es la estandarización de los precios, vendiendo buena parte de su catálogo a menos de diez dólares. Pese a que en el libro electrónico la editorial puede ahorrarse buena parte de los costos tradicionales asociados -incluido el brutal 40% del librero- los precios que pretenden cobrar las editoriales españolas distan de traspasar ese ahorro al lector-cliente y parecen tratar de inhibir antes que fomentar la distribución digital.

Las fuerzas del mercado son algunas veces predecibles. Cuando lo que escasea es la oferta, no por falta de bienes sino de codicia, es la llamada “piratería” la que alimenta la demanda. Tal como le sucede a Fred Wilson en el caso de la música, son tantas las trampas que instala en el camino el cercado mercado editorial que si el ejercicio es querer leer un libro electrónico en castellano es más probable que lo encuentre pirateado que en una tienda regular. No son malvados piratas quienes alientan la distribución “ilegal” de libros en formatos electrónicos, sino la incomprensibles decisiones de la industria editorial española que con precios ridículos, limitaciones geográficas y de formatos y oferta escasa llaman a gritos a la creación de grupos de lectores ávidos de lectura que -gracias a a Tumblrs, foros y blogs- se convierten en valientes bibliotecarios del nuevo siglo.

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Chile pirata (crónica de una noticia circular)

Rodera

Cuando se acerca el temido -aunque inútil y al parecer poco disuasivo- reporte 301 de la USTR (Office of the United States Trade Representative) comienzan a aparecer las notas de prensa haciendo ver a Chile como un paraíso para el comercio ilegal de mercancías y la piratería rampante. Notas de prensa alentadas por los departamentos de relaciones públicas locales de garantes de la competencia y el libre mercado como son Business Software Alliance (BSA) y Microsoft, cuyos representantes parecen ser los únicos validados para dar por verdades certificadas dudosos estudios encargados por ellos mismos y ratificar la gravedad de un reporte -el 301- que ayuda a redactar la propia industria norteamericana y que pretende presionar comercialmente a países pequeños como Chile para endurecer cada vez más sus leyes de propiedad intelectual.

Las oficinas de relaciones públicas de estos voraces lobbys parecen estar bastante cerca de la redacción de El Mercurio, que -de manera paradójica, si lo piensa- copypastea comunicados de prensa haciendo ver la gravedad de la situación. Las fuentes, una vez más, siguen siendo las mismas y anuncian lo impresentable que es este pequeño país al lado de las economías de aquellos países con los que ansiamos codearnos y compartir pisco sour en los cócteles con nuestros tuxedos de segunda mano.

Buscar el informe de la consultora IDC es una empresa complicada. La noticia, además, no aparece más que en El Mercurio. Google News no da resultados y el buscador de la propia consultora no entrega información relevante. Donde sí existe información relevante es en el sitio de la propia BSA, donde aparece la misma información que publica El Mercurio con fecha de hoy 1 de febrero en un comunicado de prensa enviado desde Washington DC el 11 de mayo de 2010. Sí, hace más de ocho meses.

11mayo2010

En dicha fecha, además, el matutino ya titulaba la nota de prensa como «Piratería de software en Chile baja tres puntos y llega a 64%», una paráfrasis un poco floja de la bajada de la nota de hoy.

1febrero2011

Chile, en un estudio que ni siquiera aparece en la página web de la consultura, al parecer tendría una tasa de 64% de piratería de software, aunque sin especificar con claridad qué significa ello. Al mismo tiempo, pareciera ser un elemento sin importancia las diferencias de ingreso per cápita de los mismos países socios o las diferencias vergonzosas en los niveles de penetración digital que aparecen en la comparación. Para qué hablar de los estándares normativos que se intentan promover, donde Chile parece ser el alumno más aventajado de la región gracias a sus tratados internacionales de libre comercio.

A estas alturas del partido exigir en Chile un periodismo medianamente crítico se parece más a un ejercicio de nostalgia que una necesidad para nuestra democracia. Sobre todo en febrero.

Actualización:

A la nota de El Mercurio se le agrega el copypaste de:

- Revista Capital.

- El Universal de México.

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