TIC en la escuela: ¿Cabe el plagio en la educación?

Fotografía por Ficken. CC:BY
Este artículo pertenece a la serie de artículos escrita por invitados finamente seleccionados para usted, celebrando los tres años de Quemarlasnaves.net. Este, es un texto escrito por Paz Peña de Tilt!
UNO. Eres un profesor. Pides un ensayo a tus alumnos que llevará una nota final. El día que recibes los trabajos te das cuenta que uno de ellos te entrega un artículo que te parece sospechoso. Entonces en Google escribes una de las frases más elaboradamente dudosas. Efectivamente, el estudiante ha hecho un cut’n paste descarado y ante esa evidencia de inteligencia tan escueta, decides ponerle nota 1. En el mismo ejercicio pero con otro alumno, te das cuenta que éste ha tomado varias ideas de otros autores sin atribuirlas pero que terminan en un trabajo de gran nivel: síntesis de ideas importantes, relación de conceptos, una clara línea argumental, etc. ¿Qué nota le pones? ¿Es este un plagio entendido como robo o finalmente el estudiante ha sido capaz de sintetizar el conocimiento y transformarlo en algo nuevo?
DOS. En un mundo conectado en nodos comunicativos –donde Internet es solo una muestra- y donde el tráfico de conocimiento es exponencial, estamos cada vez más acostumbrados a oír y discutir sobre samplers, cut’n paste, copyleft, y diversas derivaciones de las problematizaciones del conocimiento y los derechos autorales, pero ¿qué se habla en la educación? Todos pregonan sobre la supuesta importancia de las
TRES.
(…) ¿Qué, quieren una originalidad absoluta? No existe. Ni en arte ni en nada. Todo se construye sobre lo anterior, y en nada humano es posible encontrar la pureza. Los dioses griegos también eran híbridos y estaban “infectados” de religiones orientales o egipcias. También Faulkner proviene de Joyce, de Huxley, de Balzac, de Dostoievsky…
CUATRO. Aclaremos primero qué se denomina plagio. La RAE lo considera como “copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias”. Esto sería, claro, parecido a un robo. Pero me gustaría concentrarme –como Lessig nos enseñó con el copyright- en si las consideraciones de plagio siempre han tenido estas connotaciones negativas a lo largo de la historia. Y la verdad es que son muchas las manifestaciones culturales que se han valido por siglos de un plagio que ha cambiado de nombres (copia, imitación, reciclaje…), pero que en definitiva simbolizan una forma de uso de los saberes, propietarios o no, en la sociedad. Según el colectivo Critical Art Ensamble, “antes de la Ilustración el plagio estaba bien visto. Era útil en tanto que contribuía a la distribución de las ideas”.
Estrictamente hablando, el plagio pertenece a la cultura de después del libro, puesto que es en esa sociedad en la que se puede hacer explícito lo que la cultura de los libros, con sus genios y sus autores, tiende a esconder -, a saber, que la información es mucho más útil cuando entra en contacto con otra información y no cuando se la deifica y se la presenta en el vacío.
En el postcapitalismo, el plagio se lee a través de dos caras de una misma moneda. La primera es una más bien moral. Considerar al plagio como una reacción contra la comodificación (privatización) de los bienes culturales de la sociedad a través de su recontextualización (el ejemplo del colectivo artístico Superflex es muy preciso). La otra cara, la que me parece más interesante para los efectos de la educación, dice relación con la inserción productiva de los sujetos. Si en la economía, el flujo de la producción, distribución y consumo se convierten –gracias a las
CINCO. Pero ¿qué se deja atrás cuando se plantea una educación para plagiadores? La respuesta creo que debe hacerse desde la inserción de las
SEIS. Si la educación ha de buscar una respuesta, primero no debe escandalizarse con la entrada de las
SIETE. Al final de este punteo, no se me ocurre nada mejor que terminar con el que considero gran problema para llevar a cabo una educación para plagiadores: la educación cartesiana propia de nuestra tradición, confiere al conocimiento una atribución de propiedad, es decir, el sujeto “toma” un saber y lo hace “propio”. Y, como ya sabemos, el conocimiento como propiedad privada es el lema del copyright. En esa muralla de tradición, ¿cómo hacemos caber una educación para plagiadores? En eso trabajo. ¿Alguna idea?
Este artículo pertenece a la serie de artículos escrita por invitados finamente seleccionados para usted, celebrando los tres años de Quemarlasnaves.net. Este, es un texto escrito por Paz Peña de Tilt!

El Plagio en la Educación: La defensa del autor y la honestidad intelectual.
Quisiera hacer un reconocimiento al acto de tomar ideas ya desarrolladas por otro, mal entendido a veces como plagio, como un acto plenamente válido. Ello tiene, sin duda, plena vigencia en nuestra educación -por cierto más lenta en su “crecimiento” que el de la tecnología- Es más, ha sido incluso premiado, bajo el nombre de “usos de fuentes bibliográficas”, de las referencias al final de un paper que en ocasiones termina siendo lo más revisado, más que las ideas del propio autor.
Sin duda, en ese sentido, la diferencia entre plagio y citar, estaría, más bien estaría dada por un asunto de forma y no de fondo (poner por escrito el nombre del autor).
Sin embargo, ello no es tan así. Defiendo al “autor” -partiendo de la base de la inexistencia absoluta de la originalidad en su estado puro- por su esfuerzo de síntesis realizado. Rescato acá el concepto de síntesis, no como una mera recopilación, sino como el proceso derivante de la tesis y la antesis, viejos conceptos rescatados por la Modernidad, y con una plena vigencia en la mal entendida postmodernidad. Rescato al autor, en su puesta escena, en su relectura de lo antiguo y su contribución a este continuo proceso de síntesis, y el reconocimiento a este trabajo debe ser apreciado y reconocido por quienes los hemos incorporado a nuestras propias elucubraciones y borradores. Enseñar que las ideas están allí como manzanas prestas a ser devoradas sin más por quien quiera es una tentación de insospechadas consecuencias, y un incentivo a la patudez y el descaro. La razón es que la probabilidad de pasar de la síntesis al mero resumen se hace mayor, lo que constituye una involución.
Otra cosa es el copyright, que es la recompensa monetaria a la “creación” de un autor, del que cuesta cada vez más justificar su existencia, aún cuando es entendible en el sentido que los hombres se mueven por el interés propio y no el colectivo. Los cambios de formato (o mas bien de soporte) han introducido pequeños caballos de troya con finales inciertos. Y por cierto, otra gran cosa es la patente, que la distingo a propósito -aunque quizá de manera incorrecta- como el interés de la compañía o mecenas del autor por retribuir su “inversión”. Ésta línea abierta la dejo ahí, “debido a que es un camino con un final – o desenlace- insospechado e imposible de abordar en la presenta “respuesta”.