Archive for 2007

Piñera, Facebook y las pequeñeces de la blogósfera chilena

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Fotografía gracias al Flickr de Piñera

Cuando se trata de internet, el tiempo pasa como esas imágenes aceleradas luego de apretar el botoncito del DVD, 4x. Si hasta hace algunos meses era el dudoso Second Life la “best new thing” virtual, por estos días la niña bonita -compra de un porcentaje menor por parte de Microsoft en 240 millones de dólares mediante- se llama Facebook.

Para el querido lector que estas cosas de las denominadas nuevas tecnologías le son algo más ajenas -sea porque le da pereza aprender nuevas cosas, sea porque venga del pasado- Facebook es, en corto, un sitio web concebido como una “red social”, por lo que luego de registrarse gratuitamente, puede ingresar sus gustos, agregar amigos, unirse a causas, compartir fotos, videos y saber con qué personaje de Disney usted es más cercano.

La noticia al respecto que ronda por estos días, y que incluso ha tenido repercusión en medios establecidos como Que Pasa y Terra, es que el ex candidato presidencial chileno Sebastián Piñera ha abierto una cuenta en Facebook. Y a mi qué, pudiera apuntar un lector agudo y cosquilloso. Pues aunque usted no lo crea, esto ha provocado una rueda de comentarios y de latidos de corazón por parte de aquellos optimistas y también de los que tienen carteles guardados esperando el momento cuando seamos conquistados por alienígenas. Casi como sosteniendo carteles señalando I want to believe.

Ya sabe, la “blogósfera” chilena es tierra fértil para ilustrar lo mejor y lo peor de lo nuestro. El surgimiento de los blogs y en general la masificación de la publicación en Internet, ha significado ser una herramienta fantástica para la libertad de expresión e incluso para el control del poder, generadora de campañas ciudadanas notables, pero también para ser lo que hace algunos años atrás eran los foros y salas de chat. Hay quienes se toman en serio las tecnologías y sus posibilidades. Hay otros que prefieren potenciar su carácter lúdico y enterrar las posibilidades políticas en la nebulosa de las decisiones 2.0.

Es así como Luis Ramírez, entre otras cosas bloguer y cara visible de la campaña Un Computador por Niño en Chile (UCPN), hace un par de semanas anunció, con algo que me recordó ansiedad teenager, que el “hasta ahora más probable próximo Presidente de Chile” (sic) había sucumbido a la tentación de ser parte de la red Facebook. Como si fuera una noticia de veras trascendente, como si esto implicara algo más que una jugarreta de campaña intentando emular las movidas de precandidatos presidenciales norteamericanos, Luis, y varios otros, han visto en esto una oportunidad para entrar en contacto de una forma más directa con el eterno candidato presidencial y lo han hecho procurando “invitar” a Piñera a ser parte de la causa Un Computador por Niño (Chile).

Un par de semanas después, e incluyendo hasta bendiciones, Ramírez celebra que Piñera se haya “sumado” a la causa UCPN. En Facebook, lo que es equivalente a un par de clicks. Además de señalar que el empresario sea “probablemente el personaje más popular en esta plataforma en Chile”, con una copa de vino en mano -y probablemente varios suspiros mediante- Ramírez sugiere dos efectos políticos de corto plazo que podría provocar el que Piñera se haya “sumado” a la causa: primero, el ayudar a llegar más fácilmente a otros candidatos; y segundo ayudar a sensibilizar al actual gobierno (?). Finalmente, Ramírez intuye certeramente que el apoyo es sólo un pequeño paso para lograr el apoyo transversal que él quiere para UCPN.

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Fotografía tomada desde UCPN.cl

Si el futuro de las redes sociales será Facebook, Second Life, MySpace o LinkedIn, da un poco lo mismo y probablemente ninguno de nosotros esté en condiciones de apuntarlo. Pero quienes nos tomamos un poco más en serio las posibilidades de acción que nos entregan las denominadas nuevas tecnologías debemos actuar con cautela frente a estas escaramuzas digitales de políticos hambrientos de reconocimiento e identificación ciudadana. Que Piñera abra una cuenta en Flickr es equivalente a que se ponga un casco cuando visite Lota o que coma curanto cuando se baje del helicóptero en Chiloé. No lo hace ser un político distinto.

Dos reflexiones para cerrar. Pareciera ser que lo de Piñera no es sino la punta de lanza para el desembarco de los políticos chilenos en redes sociales. No es casual, por lo pronto, que políticos que han buscado conectarse con el mundo juvenil, como Piñera y el autoproclamado Trivelli hayan comenzado a explorar estas herramientas en busca de un público que históricamente les ha sido difícil. Más allá de brindis virtuales y de autoreferentes y forzadas interpretaciones de los efectos del arribo de políticos a Internet, para que nos tomemos de verdad en serio todo esto parece ser necesario algo más que un par de clicks para unirse a la causa de moda en la red de moda. Así como sucedió con el mundo empresarial en plena era del boom de las punto com, los políticos hoy comienzan a explorar las oportunidades de las nuevas tecnologías con la lógica del mundo analógico. Unirse a una causa que pretende traer a los Rolling Stones en Chile si se juntan 30.000 personas parece, además de patético, un guiño mezquino frente a las posibilidades de interacción que supone Internet.

Los intentos de Piñera suenan como querer llegar a los jóvenes adoptando una jerga juvenil demodé. Desde la soledad del dinero y del karma de ser un eterno wanna be político “Es terrible de grosso Facebook”, suena como el nuevo lema de campaña dirigido a pokemones tecnológicos. Poke him!

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Fotografía gracias al Facebook de Sebastián Piñera

Porque el problema no es Piñera. Lo grave, a estas alturas de partido, es ver el estado de la “blogósfera” chilena y esta tendencia a seguir llenándose la boca destacando la importancia de estas familias blogueras (?), de clubes de amigos y confraternidades trilambdas en Internet que la verdad es que dan un poco de pudor ajeno. Y no porque Internet y las redes sociales no sirvan para socializar (no soy yo el que tiraré la primera piedra), sino porque si de verdad queremos tomarnos en serio el poder tras las redes e Internet tenemos que partir por tomarnos en serio nosotros mismos. La importancia capital que supone Internet para el futuro de la creatividad, del acceso al conocimiento y por supuesto de la participación de la ciudadanía en temas públicos está condicionada por la forma en que todos los actores dialogamos a través de la red, por cómo trascendemos lo doméstico, lo cotidiano.

Tristemente, la realidad indica que no basta con ponernos bolsas de basura en la cabeza para evitar accidentes y por más que en Facebook sumemos miembros a la causa en contra de la violencia intrafamiliar, hoy por la noche siguen siendo violentadas miles de mujeres en Chile. Pareciera que la tecnología no tuviera que ver en política sino en formato light y de fácil digerir, dulcemente cerca de la corrección política y las causas nobles. Cada vez más conformes y menos arriesgados.

Pequeñeces en forma de bites.

Creative Commons: el futuro del derecho de autor

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En los últimos años, la propiedad intelectual pasó a ser uno de los elementos más importantes en los tratados internacionales de connotación comercial, cuyos ejemplos más cercanos en nuestra región con los acuerdos bilaterales de libre comercio. Esto, lejos de implicar un estándar equilibrado a nivel internacional, ha ido en detrimento de los intereses del público.

Esta tendencia sobreprotectora se ve reflejada en distintos campos, pero no es sino en la devastación de las excepciones y limitaciones al derecho de autor donde se hace más evidente, dejando al desnudo al público y a los nuevos creadores. Así, al suscribir tratados de libre comercio, y obligarse por tanto a homologar su normativa interna, nuestros países no miden con la misma medida las normas que permiten mayor protección que las que permiten equilibrar esto con los intereses del público, derivados del acceso.

La masificación de la tecnología, y en particular la relevancia de Internet como una oportunidad de desarrollo cultural, ha supuesto la necesidad de replantear los paradigmas que fundamentan la regulación tradicional de derecho de autor. Esto se produce porque la regulación tradicional no ha dado respuesta a las necesidades de los autores en la era digital y, principalmente, al hecho de que hoy, en alguna medida, somos todos creadores. Más aún cuando los intereses de las grandes industrias del entretenimiento -no necesariamente de los autores- son quienes han liderado las reformas para que la legislación se adapte a la era digital.

Uno de los cambios fundamentales que ha supuesto Internet es la mejora radical y sustantiva de los medios de distribución de contenido. Internet, para muchos, ha implicado la oportunidad única para cambiar la forma mediante la cual la cultura y el arte llegan hasta el público, para hacerlos más accesibles y directos. El problema es que esta regulación, a pesar de ser realizada con el apoyo de los sectores que representan a los autores, ha terminado limitando la creación y desaprovechando las oportunidades que brinda la tecnología.

Es así como se explica el nacimiento de alternativas de licenciamiento abierto o libre, que permiten utilizar las potencialidades que otorgan las nuevas tecnologías para la difusión de la cultura. Estas alternativas, entre las cuales Creative Commons surge como una de las de mayor impacto, se construyen a partir del sistema de derecho de autor tradicional para dar respuesta a los desafíos que impone la masificación de la tecnología y que no son resueltos en forma satisfactoria por la legislación vigente.

Así, Creative Commons ofrece a los autores la posibilidad de marcar sus obras con las libertades que deseen, entre seis alternativas posibles. Lo que en un principio era solamente un sistema de licenciamiento libre y gratuito, se he transformado en mucho más, siendo hoy un movimiento de carácter internacional, con presencia en más de 70 países y contando con más de 170 millones de obras licenciadas en todo el mundo. Son miles de autores los que utilizan un modelo de derecho de autor que se aviene mejor con la nueva realidad para la difusión del conocimiento y de la cultura.

Creative Commons se transforma en una alternativa gratuita y original para, por un lado, entregar certezas a terceros que encuentran estas obras a través de la red y, por otro lado, permitir a los autores utilizar en forma amplia las posibilidades que entregan estas nuevas tecnologías para la difusión de sus obras. Lo anterior se facilita con las herramientas de búsqueda avanzada, tales como Yahoo! y Google, que permiten encontrar obras licenciadas de esta forma.

Pero Creative Commons no ha supuesto sólo beneficios para creadores y públicos. Alternativas derivadas del software libre y de licenciamiento abierto en general han permitido el nacimiento de nuevas formas de negocio. Negocios que no se acaban con el boom de las “punto com”, sino que basan su valor precisamente en el trabajo colaborativo de sus miembros, generando una nueva economía, una economía horizontal que ha sido denominada “sharing economy”. Sellos discográficos como Magnature o Jamendo, periódicos como 20minutos y sitios web como el de la Presidencia mexicana o la Biblioteca del Congreso chilena, han decidido licenciar sus contenidos con alguna de estas licencias, permitiendo que sus obras se difundan legalmente a través de internet y, de esta forma, generar réditos distintos a los que se esperaban en la economía del pasado.

Hoy, cuando el valor parece estar en el cambio radical de los modelos de negocio en las industrias del entretenimiento existentes, Creative Commons se sitúa en un lugar equidistante entre el dominio público y el derecho de autor tradicional. En definitiva surge desde la necesidad de los autores por utilizar la tecnología a su favor, saltándose los intermediarios. Una alternativa para evitar los absurdos de un derecho de autor del pasado.

Columna publicada en la edición de Diciembre de Terra Magazine

Enchúlame el puente, Calatrava

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Fotografía por Lombas

Luego de la crisis económica de principios de los 80, la ciudad de Bilbao comenzó una inmensa reconstrucción donde se dio especial énfasis a los espacios públicos revitalizando completamente la ciudad. Es así como se explica la construcción de destacadas obras arquitectónicas para uso público como la sucursal del Museo Guggenheim de Frank Gehry, el diseño del Metro de la ciudad, obra de Norman Foster, el nuevo aeropuerto de Bilbao, denominado ‘La Paloma’ y el controversial puente o pasarela Zubizuri, ambas del famosísimo arquitecto valenciano Santiago Calatrava. Calatrava será, les adelanto, el protagonista de esta historia.

A pesar de ser considerado uno de los símbolos de esta nueva Bilbao, el Puente Peatonal del Campo de Volantín -su nombre original- no ha estado ajeno a una serie de críticas que contribuirán a llenar el recipiente donde los contribuyentes y ciudadanos de la ciudad de Miguel de Unamuno y Alex de la Iglesia depositan sus frustraciones y descontentos. Es que supongo -y en esto están de acuerdo conmigo los vascos- que debe haber alguna relación entre la buena arquitectura y la ‘usabilidad’. Leía en un artículo de Anatxu Zabalbeascoa que la contraposición entre esos conceptos se graficó perfectamente cuando la señora Kaufmann, dueña de la famosa casa en la cascada, se quejó ante Frank Lloyd Wright porque la maravillosa casa tenía goteras que caían sobre la mesa. El arquitecto, sin dudarlo un segundo, le dijo que entonces moviera la mesa.

En el caso del ZubiZuri -”puente blanco” en euskera- los bilbaínos concentraban sus diatribas en la composición del piso del puente, el que no se aviene al clima del país vasco: con sus sucesivas lluvias el puente se convertía en una sofisticada pista de patinaje, claro que sin hielo y sin patines afilados. A esto súmele que las calles que unía inicialmente el puente no eran las más adecuadas para el tráfico de peatones.

Pero los desencuentros entre los locales y el arquitecto tuvieron un punto de quiebre el año pasado cuando el municipio de Bilbao autorizó al japonés Arata Isozaki a construir una conexión entre las lujosas torres diseñadas por él y el puente de Calatrava. La construcción de una estructura hecha por el japonés que se integrara en el famoso puente blanco colmó la paciencia del arquitecto valenciano y lo llevó a encontrarse en tribunales con las autoridades de la ciudad de Bilbao.

Pero Calatrava no argumenta infracción contractual por parte del Ayuntamiento. Tampoco argumenta perjuicios económicos directos. Lo que alega Calatrava, es la violación de sus derechos morales de autor y solicitando una indemnización de la no despreciable suma de tres millones de euros. Porque claro, los derechos morales son una cosa muy delicada, pero como decía el personaje de Ricardo Darín en Nueve Reinas, no faltan putos, faltan financistas.

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Fotografía cortesía (?) de ElMundo.es

Los derechos morales son derechos perpetuos e instransferibles que existen por la “unión espiritual” que tiene el autor con su creación. Son, en general, el derecho a inédito, derecho a evitar cualquier transformación de la obra y el derecho de integridad. Basados en estos siniestros derechos esotéricos, cabalísticos, Calatrava pretende que se vuelva al estado anterior de la obra, esto es, demoliendo las mejoras hechas para conectar el puente con la nueva explanada, o bien una indemnización de tres millones de dólares por daños derivados de este “atentado”.

La cuestión, en España, ha sido de gran importancia. Porque además de presentarse como un juicio entre un arquitecto engreído (el que recibió, por lo demás, más de 300.000 euros por la construcción del famoso puente) y el pueblo de Bilbao, se presenta como una lucha de egos entre Calatrava y Isozaki. El punto no es sólo que se construya algo en el puente que atente contra su expresión artística, sino que lo haya construido un arquitecto distinto, alguien como Isozaki.

Pero hay una tercera forma de entender el asunto, que es cómo se utilizan los derechos de autor para fines que van mucho más allá de defender esos derechos. Lo que hace Calatrava es, básicamente, usar tal vez una de las construcciones más reaccionarias que existen en materia de propiedad intelectual, en un cat fight de arquitectos engreídos que se tiran del pelo y se hunden las uñas a costa de los bolsillos de los habitantes de Bilbao. ¿Es para esto que tenemos derechos de autor?

Porque el que el puente sea o no una obra artística, la verdad es que no es el tema fundamental, a lo menos para mi reflexión. En Chile, este tema estaría saldado con lo que señala el artículo 46 de la Ley de Propiedad Intelectual, que señala que

Art. 46. En las obras de arquitectura el autor no podrá impedir la introducción de modificaciones que el
propietario decida realizar, pero podrá oponerse a la mención de su nombre como autor del proyecto.

Punto. Se le saca el nombre Calatrava y ya está. Más cuando le agregamos el dato que fue un puente construido con dineros públicos, lo que le agrega pimienta a la cuestión. Dejando de lado que en Chile normativamente esté resuelto el asunto, quedan elementos boteando. ¿El que la obra de arquitectura esté regulada por derecho de autor autoriza a Calatrava a oponerse a cualquier modificación que se le haga? ¿Sólo él puede añadirle o quitarle elementos? ¿El que esté protegido por derecho de autor, impide que el ayuntamiento pueda realizarle modificaciones para que sus ciudadanos -quienes financiaron su construcción- puedan usar el puente y no resbalarse cuando llueve?

Los invito a encontrar argumentos al respecto. Porque, la verdad, es que en nuestro mundo del derecho de autor con anabólicos y esteroides posible argumentar para lado y lado.