Después de todo hay cosas que no mueren y nos siguen

fotografía del gran Marcelo Montecino
Prácticamente todos han dicho que con la muerte de Pinochet se cierra un ciclo, una era o algo así. Pero resulta que Pinochet no está ni cerca de estar muerto y ha mutado en algo parecido a una caja de Pandora o a un aparato misterioso sacado de un cuento de Lovecraft. Vea usted.
Digamos que Pinochet trasciende a ese señor inflado con uniforme azul tras el vidrio. La muerte del viejo dictador, como un golpe seco en una mesa polvorienta, ha sacado a la luz esas cosas que nos acompañan pero que nos empeñamos en ignorar.
Esa intolerancia de los manifestantes (?) limítrofes que asistieron ayer al funeral en la Escuela Militar insultando a periodistas que intentaban reportear, sin contar los corte de cables con cortaplumas, los escupitajos, el agua, entre otras sustancias. La forma de entender la vida según Luz Guajardo. El lanzamiento de un ataúd al Mapocho y su incendio.
Tampoco se fue con Pinochet ese humor dañino y burlesco, oculto en esa manoseada picardía chilena con la que nos deleitó durante años el dictador. No se irán de mi cabeza tampoco los aplausos fanáticos de los comensales del Club de la Unión cuando el general amenizaba sus comidas anuales con alguna de estas geniales ocurrencias.
Los elementos de la chilenidad, en definitiva, de existir, son cosas como esas.
A final de cuentas, Pinochet sólo se lleva consigo sus recuerdos, ese dudoso catolicismo pechoño y unos cuantos dolorosos secretos y nos deja con lo peor de nosotros. Con esas cosas de las que hacía gala y que hace que todavía en el momento de su muerte sigamos hablando de él y discutiendo en su nombre. Cuando creíamos que la muerte del dictador nos iba a mostrar un país diferente, en el que de pronto creemos estar, su muerte precisamente nos destapa la verdad más dura: vivimos en una sociedad triste, profunda y generalmente fascista, intolerante, burlesca y vengativa. Durante años creímos que estabamos avanzando en la dirección de la tolerancia y el respeto, y nos despertamos bruscamente con una realidad vestida tricolor, vomitando insultos y a pasos del puñete sorpresivo. Mírela de nuevo y le parecerá que Patricia Maldonado es en realidad una moderada.
Aunque no lo queramos, aunque nos duela, Chile tiene algo de Pinochet. Pinochet de alguna forma también nos pertenece. Y lo tenemos sentado en el living.




