Pinochet murió y había que celebrar

Me acuerdo que era de noche, rato después que mi madre me pasó una olla chica de esas para hacer huevos duros y una cuchara para darle fuerte en el patio de la casa. No recuerdo qué era lo que particularmente en ese momento protestábamos, pero entendía perfectamente que estaba creciendo en un país complicado, donde el hecho que mi padre fuera dirigente sindical era una marca que trascendía lo laboral, y después entendí que teníamos que hacer todo esto a oscuras porque el vecino podía vernos y entregar nuestros nombres.

Fui a dormir y me sobresalté con un sonido terrible. Un sonido que sólo había escuchado en televisión. En un programa de canal 13 los domingos, me acuerdo.

Desperté de repente mirando una ventana chiquitita que tenía esa habitación y que daba hacia la cordillera. Y de pronto vi que mi pieza se iluminaba de repente, que la cruzó una luz demasiado clara para ser buena. Yo no entendía qué pasaba y estaba parado al medio de la habitación sin saber qué hacer.

Recuerdo que llegó mi padre subiendo los peldaños de la escalera de a pares. Corriendo. Me tomó fuerte así como lo toma a uno su papá a los cinco años y estuviera a punto de caerse a un barranco. Y mirándome a los ojos, me dijo que cuando pase algo así o cuando vea que hay ruidos que no entienda, me ponga de cuclillas al lado del velador y apoye mi espalda lo más fuerte que pueda a la muralla de ladrillos. Le hice caso y nos quedamos así los dos, mirando la luz brillante que venía de ese helicóptero de combate y que iluminaba la pieza, mientras él me daba la mano lo más fuerte que podía, como si de esa forma pudiera consumir el miedo que me impedía pestañear.

Así que, discúlpeme, pero no da lo mismo la muerte de Pinochet. No puede dar lo mismo.

Porque si bien hace rato que necesitaba a la enfermera para poder orinar o que necesitaba quizás cuantas mudas de pañales por día, Pinochet no es sólo ese señor de lentes oscuros y brazos cruzados. Pinochet ayer se convirtió en el judas de semana santa en Valparaíso, un equeco que había que quemar para poder despertar hoy por la mañana y a lo menos tener la sensación que podemos estar formando un país distinto. Por eso era importante celebrar, por eso supongo que era importante abrir esa champaña que compramos en la semana ante el agravamiento de este señor, abrirla con escándalo y compartirla con los amigos. Porque dejar que esto sea como un día más es una forma de hacerse parte de un nihilismo vacío que perpetúa el horror que no queremos olvidar.

Mientras en las noticias ayer mostraban un “país polarizado” ante la muerte del dictador, yo sólo escuché bocinazos mientras intentaba dormir una siesta que me permitió capear el calor y la sorpresa. Pero no la risa.