Demandando a Barney

Todos quienes conviven con niños saben quien es Barney. Si usted no convive con niños o bien no tiene televisión, deberá saber que Barney (se pronuncia “barni”) se supone que es un tiranosaurio rex rosado extrañamente asexuado y panzón que provoca reacciones realmente asombrosas a los chicos de la generación sub-12. Y no se sorprenda, porque su humilde servidor incluso ha visto a mayores de edad cantando enérgicamente “la canción de Barney” para caerle en gracia al infante de turno.

Qué tendrá que ver Barney con QLN se preguntará usted.

Las reglas del mercado indican que la explotación comercial del tiranosaurio rosado más famoso del mundo ha provocado que así como en su momento lo fue la muñeca Barbie: hoy Barney también sea un artículo objeto de arte popular, lo que por supuesto ha indignado a quienes tienen como misión proteger la imagen del meloso animalejo.

Stuart Frankel es un musicólogo neoyorquino que en un rincón de su página personal intervino una imagen del cariñoso dinosaurio agregándole cuernos, ojos rojos, dientes sangrientos y un pentagrama en la panza. Satanás, digamos.

Desde el año 2002, Mattew Carlin, en representación de Lyons Partnership, propietarios de los derechos del personaje, comenzó a enviarle cartas a Frankel conminándolo a retirar los dibujos del dinosaurio diabólico toda vez que constituiría una violación de los derechos de propiedad intelectual pertenecientes a la compañía.

Electronic Frontier Foundation lo asistió legalmente y le ayudó a responder dos de estas cartas, las que nunca fueron respondidas. Dado aquello, Frankel decidió recurrir a los tribunales para que declaren que sus dibujos de Barney diabólico son parte de la libertad de expresión garantizada por la Constitución norteamericana en su primera enmienda.

Explica la gente de EFF que el abuso de estas cartas de “cese y desista” se ha transformado en un problema importantísimo en Internet, toda vez que han servido más que para proteger eventuales derechos afectados, para limitar los derechos de libertad de expresión de los ciudadanos, como el caso de Frankel. “Es hora que Barney de pie atrás a su ejército de abogados y se dedique a entretener a los niños” dijo Fred von Lohmann, uno de los hombres a cargo del caso en EFF.

El hecho que no sea primera vez que los abogados de Barney intentan usar el derecho de autor para evitar parodias, llevan a decir a la gente de EFF que el dinosaurio rosado podrá enseñar a los niños montones sobre jugar limpio, pero sus abogados necesitan una lección de “fair use”. Y en eso están.

Ahora si uno lleva este caso a Chile, la cosa se pone mucho más delicada. No obstante que pudiera construirse jurisprudencialmente la figura a la luz de la norma constitucional que resguarda la libertad de expresión, nuestra ley de propiedad intelectual NO CONTEMPLA la excepción de parodia a partir de la cual en esta causa la que EFF pretende argumentar. En otras palabras, si usted pretendiera adulterar una imagen de Mampato y utilizarlo como un ícono de la causa homosexual, le aseguro que los abogados de Themo Lobos lo llevarían a tribunales. Y a juntar plata, juntar miedo.