
Alarma ha provocado el anuncio que hace algunos días hizo Twitter respecto del cambio en sus términos y condiciones de uso. En ellas, señalan que (la traducción es mía)
En la medida que continuamos creciendo a nivel internacional, entraremos en países que tienen ideas distintas sobre los contornos de la libertad de expresión. Algunas son tan distintas de las nuestras que no vamos a ser capaces de existir allí. Otras son similares, pero por razones históricas o culturales, restringen ciertos tipos de contenido, como Francia o Alemania, que prohíben el contenido pro-nazi.
Hasta ahora, la única manera de hacerse cargo de los límites existentes en esos países era remover el contenido a nivel mundial. A partir de hoy, tendremos la capacidad de reactivamente retener el contenido de los usuarios en un país determinado, quedando disponible para el resto del mundo.
La cosa es así. Si en Argentina usted decide que la fotografía que filtró su amante en la red social, puede recurrir a tribunales y solicitar la bajada de dicho contenido. En Argentina, de hecho, hay muchos casos así. Hasta ahora, el efecto que tendría dicha orden judicial, sería de carácter global, impidiendo a cualquier poder acceder a esa imagen. La nueva política implicaría que en lugar de tener efectos mundiales, el bloqueo tendrá efectos solo locales, permitiendo a usuarios de otras jurisdicciones poder acceder a dichos contenidos no obstante estar bloqueados en un determinado país.
Esos son los hechos. Ahora, dos reflexiones.
UNO.
Antes de hablar de censura y abuso en los nuevos términos de uso hay que tomar en cuenta que hoy se bajan contenidos de redes sociales. Todos los días. Y todos lo hacen, algunos con mayor transparencia (Twitter, Google), otros con menos (Facebook). Y esto, por lo demás, es razonable que ocurra. Es un derecho vinculado a la protección de la privacidad poder solicitar la bajada de ciertos contenido bajo las circunstancias que la ley local establezca para la protección de cierta información personal. Esto no va a cambiar con las nuevas políticas.
La diferencia entre lo que sucede hoy y las nuevas políticas es que ahora dicho bloqueo sólo tendrá efectos locales. De censura poco puede haber si las bajadas de contenido se hacen 1) Localmente; y 2) bajo las reglas establecidas en las leyes locales y no de manera arbitraria.
Más aún, Twitter ha señalado que colaborarán aún más estrechamente con el proyecto Chilling Effects del Berkman Center de Harvard que monitorea las bajadas de contenido en internet. O sea, más encima con transparencia.
DOS.
Si existe un problema, éste es normativo, no de los términos de uso de Twitter. Y se me ocurren al menos dos problemas.
- Twitter lidia con ser una empresa con domicilio en Estados Unidos que presta servicios para el resto del mundo. Como tal, tiene dos opciones. O bien pretende estar por sobre las leyes del resto y aplica la jurisdicción de California ante cualquier evento -lo que implicaría quedar fuera de países con estándares legales diferentes (de libertad de expresión, privacidad o derechos de autor)- o bien se adapta a la normativa local. Y tengo la impresión que la nueva política apunta a lo segundo. Con lo que lidia, en definitiva, Twitter, es con el carácter global de internet y, en mi opinión, no lo hace de la peor manera. Si en Irán los jueces estiman que hacer bromas con la religión es un acto prohibido no creo que sea razonable para el resto del mundo estar sujetos a dicha prohibición.
- Mi colega Alberto Cerda me hacía ver el problema vinculado a la jurisdicción internacional. Si existe un tratamiento similar para la, digamos, protección de datos personales en una serie de países, no parece razonable que los efectos de una sentencia judicial en un país de aquellos no pueda tener los mismos efectos en el resto. Esto pensando especialmente en la posibilidad de demandar por perjuicios. Ahora claro, este es, de nuevo, un problema de la normativa, no de las ToS. Tengo dudas que un servicio privado tenga la obligación de tener mejores estándares que lo que establecen las leyes locales.
Recomiendo, adicionalmente, leer las reflexiones de Jillian C. York, de EFF, sobre el tema. De censura, entonces, pocazo. A apagar las alarmas.
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Gran paradoja de la tecnología es que mientras los avances tecnológicos nos suelen sorprender entregándonos acceso a información y cultura, la legislación que se hace cargo de ella suele estar centrada en elaborar sofisticados mecanismos de control y restricción de derechos.
La propuesta denominada ‘SOPA’ no es sino un ejemplo, feroz y extremo, de lo anterior. La propuesta legislativa del senador Lamar Smith pretende entregar nuevas herramientas a los titulares de derechos de autor para enfrentar la amenaza de la llamada piratería en internet. Entre otras, las medidas propuestas implican la inyección de filtros y monitoreos constantes a servicios web en búsqueda de eventuales infracciones a derechos de autor, la facultad de bloquear sistemas de pago online e intervenir el DNS, sistema que hace funcionar la WWW tal como lo conocemos.
Esto explica la alarma a nivel internacional. Lo más grave de SOPA es que con la excusa de proteger un interés privado se pretende romper la internet que conocemos. Y eso merece movilizarse. Así como miles se movilizaron y ocuparon espacios públicos en protesta por las injusticias del sistema, quizás ahora es el momento de ocupar internet.
(Escrito para Las Últimas Noticias, 18 de enero de 2012.)
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Cory Doctorow, uno de mis héroes personales, fue invitado a hablar al Chaos Computer Congress en Berlín el mes pasado. Allí, Doctorow habló no respecto de los derechos de autor -o quizás sí- sino de algo un poco más tenebroso. De como la regulación de la tecnología apunta a quitarnos derechos y de cómo las guerras del derecho de autor son solo el primer paso en una larga batalla a favor de la libertad.
A continuación una traducción libre hecha por el amigo Martín Mois y editada ligeramente por el suscrito. Si les da lata leer, acá pueden ver el video de la conferencia. Y leer acá el texto original en inglés.
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Los computadores de propósito general son asombrosas. Son tan asombrosas que nuestra sociedad aún se resiste a entenderlas, para qué sirven, cómo incluirlas, cómo tolerarlas. Esto nos hace volver a algo sobre lo que probablemente están cansados de leer: copyright.
Pero, entiendan, esto es sobre algo muchísimo más importante. La forma que han tomado las guerras del copyright nos muestra pistas de una venidera lucha acerca del destino de la computadora de uso general en sí misma.
Al principio, teníamos software empaquetado y sneakernet. Teníamos floppy disks en bolsas plásticas, en cajas de cartón, en vitrinas para venta en tiendas, y vendidos como dulces y revistas. Eran inherentemente susceptibles de ser duplicados, y eran copiados rápida y ampliamente, para la desazón de la gente que hacía y vendía software.
Así surge la Gestión de Derechos Digitales en una sus formas más primitivas: llamémoslo DRM 0.96. Ésta introdujo indicios físicos revisados por el software -por daño intencional, dongles, sectores ocultos– y protocolos de desafío-respuesta que requerían tener grandes e incómodos manuales difíciles de copiar.
Esto fracasó por dos razones. En primer lugar, porque eran comercialmente impopulares, al reducir la utilidad del software para sus compradores legítimos. Los compradores honestos resentían la no-funcionalidad de sus respaldos, odiaban perder un -en esos momentos- escaso puerto periférico para instalar un dongle de autentificación, y les irritaba tener que acarrear enormes manuales cuando querían ejecutar su software. En segundo lugar, no detuvieron a los piratas. Para ellos fue simple parchar el software y eludir la autentificación. La cantidad de gente que usaba el software sin pagar se mantuvo intacta.
Típicamente, la forma en que esto sucedió era que un programador, con conocimientos y experiencia tecnológica igual de sofisticadas que la del vendedor de software, usaba ingeniería inversa sobre el software y hacía circular versiones crackeadas. Si bien suena a algo altamente especializado, en la práctica lo era poco. Descubrir aquello que los programas redundantes hacían, y eludir los defectos físicos, eran habilidades básicas para los programadores, especialmente en la era de los floppy disks y los rudos primeros días del desarrollo de software. Las estrategias anti-copia se volvieron aún más inútiles con la expansión de las redes; una vez que tuvimos bulletin boards, servicios en línea, grupos de noticias de USENET y listas de correo, la experiencia de aquellos que habían resuelto cómo derrotar estos sistemas de autentificación podía empaquetarse en software tan pequeño como los archivos para crackear. Al aumentar la capacidad de las redes, las imágenes de la llave del disco o incluso los ejecutables podían esparcirse por sí mismos.
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Un mimosín sería -y parafraseo ahora la ya citada definición de troll de la Wikipedia- la persona que sólo busca halagar su propia estima, generando complicidad y buena onda, y provocando de este modo reacciones predecibles, con fines diversos, desde la simple ostentación de buenos sentimientos hasta la fervorosa exaltación de una suerte de ecumenismo cuyo efecto más corriente es el empantanamiento de toda posibilidad de debate en una sopa boba compuesta a partes iguales de asentimiento indiscriminado, de cursilería moral y de autosatisfecha beatería.
Ignacio Echevarría, Tolls y mimosines. El Cultural, 6/01/2012.
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“Don’t Be A Di*k During Meals With Friends.”
El juego es simple: la primera persona en tomar su teléfono, paga la cuenta.
El objetivo inicial es conseguir que no sea el teléfono (o twitter, facebook, instagram, SMSs o lo que sea) el protagonista de la reunión sino la conversación.
Reglas:
1) El juego empieza después que todos pidieron comida.
2) Todos ponen sus celulares en la mesa mirando abajo.
3) El primero que da vuelta el celular, pierde.
4) El que pierde paga la cuenta.
5) Si la cuenta llega antes que cualquiera haya tomado su teléfono, todos son declarados ganadores y cada uno paga por su propia comida.
Traducción libre de lo que vi acá. Un poco en serio, un poco en broma. ;)
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Más que malos, hubo momentos tristes este 2011. Pero es mucho mejor recordar los buenos.
- Como LCD Soundsystem tocando una versión eterna de ‘Home’ en el Caupolicán.
- Como los varios proyectos que nos ganamos en ONG Derechos Digitales.
- Como mi nuevo trabajo paralelo.
- Como poder ver a Yo la tengo, una de mis bandas favoritas, de nuevo.
- Como cantar hasta quedar ronco parte del disco Corazones con Jorge González en vivo.
- Como los días que pasamos en San Agustinillo, México.
- Como cantar a viva voz, emocionarme, y en el escenario, ‘Yoshimi battles the pink robots’ de The Flaming Lips.
Pero el momento más importante fue en Septiembre. El #24S. Cuando M. me dijo -antes que tocara en el cóctel Dënver, una de nuestras bandas favoritas, antes que se cortara la luz en la mitad del país a la hora de la cena, antes que empezara la comida, antes de la fiesta- que sí, que se quería casar conmigo.

Ojalá que el 2012, el mío y el de ustedes, sea todavía mejor. ¡Abrazos!
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Se acaba de publicar la nómina de proyectos que se adjudicaron el concurso regular 2012 del Fondo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico. Si consideramos que la gran mayoría de la investigación científica en Chile es financiada por fondos del Estado, los resultados de este concurso son una buena fotografía del estado de la investigación universitaria en el país.
Destaco la noticia porque es contingente. Es un año marcado por las movilizaciones estudiantiles, la gigantesca maquinaria publicitaria de las universidades privadas pareciera muchas veces hacernos perder el rumbo del valor de las universidades públicas en países como el nuestro. El listado muestra el liderazgo abrumador de la Universidad de Chile no solo en número de proyectos adjudicados sino también de fondos asignados.

(ver tabla completa)
Claro, uno podría relativizar estos resultados haciendo mención, por ejemplo, a la relación entre el número de proyectos adjudicados y los presentados, pero esto podría ser relevante solo si quisiéramos evaluar la “eficiencia” en la presentación de proyectos.
Y si se trata de agregarle variables a la ecuación, quizás también podría ser interesante incluir las condiciones en que se investiga en la Universidad de Chile o las múltiples barreras administrativas de las universidades públicas. Ante eso, mejor es observar los datos que nos entrega CONICYT como un elemento de análisis importante para cuando tengamos que evaluar el aporte de las universidades públicas a la generación de conocimiento científico.
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If you pay for a product, you’re a customer. If you don’t, you’re the product. On Facebook, you are the product.
Una gran verdad y una de las razones por las que no estoy en Facebook.
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Majestuosa infografía de los amigos de Derecho a Leer remixeando a Quino que se me había olvidado enlazar.

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Vendíamos harto: calcetas, lentes, de todo. [Bastián] Era súper buen comerciante, llamaba la atención de la gente. Se daba cuenta altiro cuando bajaban las ventas y había que cambiar de producto por la temporada. En Halloween, por ejemplo, se le ocurrió lo de las calabazas. El único problema que tenía era cuando había que arrancar: por lo guatón lo pillaban siempre los pacos. Cuando lo agarraban era bien respetuoso, les decía: oiga, ¿por qué no me deja trabajar tranquilo?
Hace un par de semanas atrás, la revista El Sábado de El Mercurio publicó un muy buen reportaje (enlace con paywall) hecho por el periodista Rodrigo Fluxá sobre la muerte de Bastián Arriagada, el muchacho muerto en el incendio de la cárcel de San Miguel que estaba detenido por venta de discos piratas.
Es una historia de pobreza, de precariedad y también, lamentablemente, de propiedad intelectual.
Dado que en este blog detestamos los paywalls, si les interesa leer el reportaje completo lo pueden hacer desde un regio PDF que alguien me hizo llegar.
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